Por qué los españoles vivimos más que casi todo el planeta (y no es por lo que te han contado)
lo que nadie quiere que sepas sobre el aceite de oliva
Antes de empezar, el conflicto de interés, que es NINGUNO, porque este blog se mantiene con el dinero que los subscriptores aportan. ¡Mil gracias a todos!
En julio de 2010, unos funcionarios del distrito de Adachi, en Tokio, fueron a casa de Sogen Kato para felicitarle.
Kato era oficialmente el hombre más viejo de Tokio. Iba a cumplir 111 años. Querían entregarle una condecoración con motivo del Día del Respeto a los Ancianos.
Su familia les recibió en la puerta. Como siempre, no les dejaron pasar. Llevaban años rechazando las visitas.
El abuelo no quiere ver a nadie.
Está en estado vegetativo.
Se ha retirado a meditar.
Pero esta vez, un funcionario insistió. Algo no cuadraba. Pidió ayuda a la policía. Cuando entraron en la habitación de Sogen Kato, encontraron un cuerpo momificado.
Estaba tumbado en la cama. En pijama. Tapado con una manta. Rodeado de periódicos de hacía treinta años. Sogen Kato llevaba muerto desde 1978. Treinta y dos años.
Su familia había cobrado su pensión durante tres décadas. Casi 10 millones de yenes. Cuando la policía les preguntó por qué no habían informado de la muerte, su nieta respondió que el abuelo
Se había encerrado en su habitación hacía 32 años diciendo que quería convertirse en un Buda viviente.
Y no pudieron abrir la puerta desde fuera.
Pero la historia no acaba aquí. Cuando el gobierno japonés, alarmado, decidió investigar a sus centenarios, descubrió algo que hizo temblar la demografía mundial:
230.000 japoneses registrados como mayores de 100 años estaban desaparecidos, no localizables o directamente muertos.
El 82% de los centenarios del país más longevo del mundo no existían. Eran fantasmas burocráticos. Muertos que seguían vivos en los registros. Familias que cobraban pensiones de abuelos enterrados hace décadas. Nombres sin cuerpo.
Y esto importa. Porque sobre esos datos construimos una de las mayores fantasías científicas de los últimos veinte años.
Una fantasía que te han vendido en un documental de Netflix, en quince libros de autoayuda y en medio internet.
Se llamaba Blue Zones.

La mayor operación de marketing disfrazada de ciencia
En el año 2004, un periodista y explorador americano llamado Dan Buettner publicó un artículo en National Geographic. No era investigador. No era médico. No era demógrafo. Era periodista. Pero tenía una historia irresistible.
La historia decía así: existen cinco lugares en el mundo donde la gente vive muchísimo más que en el resto del planeta. Cinco regiones mágicas donde los centenarios se acumulan como en ningún otro sitio. Okinawa, en Japón. Cerdeña, en Italia. Ikaria, en Grecia. Nicoya, en Costa Rica. Y Loma Linda, en California.
Buettner las bautizó como Blue Zones. Zonas Azules.
Y construyó un imperio. Libros. Documentales. Conferencias. Consultoría. Una serie de Netflix. Líneas de comida. La marca Blue Zones facturó millones de dólares vendiendo la idea de que la longevidad tenía secretos exóticos escondidos en pueblecitos remotos.
¿El secreto de Okinawa? El tofu y el boniato morado.
¿El secreto de Ikaria? El té de hierbas y la siesta.
¿El secreto de Cerdeña? El vino cannonau y las cuestas empinadas.
Era perfecto. Era marketizable. Era exactamente lo que Occidente quería escuchar: que la longevidad se compra, se empaqueta y se vende en un libro de 25 euros.
Solo había un problema. Los datos eran basura.
El demógrafo que se rió de las Zonas Azules (y ganó un premio por ello)
En septiembre de 2024, un investigador de University College London llamado Saul Justin Newman recibió el premio Ig Nobel de Demografía.
Los Ig Nobel son premios que se dan a investigaciones que “primero te hacen reír y después te hacen pensar.” Newman se lo ganó por demostrar algo demoledor:
Las Zonas Azules no son regiones de longevidad excepcional. Son regiones de papeleo excepcionalme malo.
Newman llevaba años analizando datos demográficos de 236 jurisdicciones usando bases de datos de Naciones Unidas recopiladas entre 1970 y 2021. Y descubrió un patrón que era, para decirlo suavemente, incómodo:
Los mejores predictores de llegar a los 100 años no eran la dieta, ni el ejercicio, ni la comunidad. Eran la pobreza, la ausencia de certificados de nacimiento y la presión para seguir cobrando pensiones fraudulentas.
Cuanto más pobre era una región, peores eran sus registros civiles y más centenarios “producía.”
Vamos dato por dato:
Japón, 2010: el gobierno descubre que el 82% de sus centenarios (hablando de 230.000 personas) estaban desaparecidos o muertos. El caso de Sogen Kato fue solo la punta del iceberg.
Grecia, 2012: el gobierno anuncia que el 72% de sus centenarios que cobraban pensión estaban ya muertos. 9.000 personas. Ikaria, la isla griega donde supuestamente “la gente olvida morirse” (eslogan real de Buettner), resulta que tenía una de las esperanzas de vida más bajas de Europa según Eurostat: la posición 109 de 128 regiones.
Costa Rica, 2008: se descubre que el 42% de los mayores de 99 años habían mentido sobre su edad en el censo del 2000. Después de la corrección, la Zona Azul de Nicoya se contrajo un 90% y la esperanza de vida en edad avanzada cayó de “la mejor del mundo” a casi la peor.
Italia, 1997: se descubrieron 30.000 italianos que cobraban pensión estando muertos.
Loma Linda, California: cuando los CDC calcularon la esperanza de vida real de la zona con datos independientes, resultó ser... normal. Completamente normal.
Newman lo resumió en su discurso de aceptación del Ig Nobel con una frase que merece estar en un póster:
El verdadero secreto de la longevidad extrema es mudarte a un sitio donde no haya certificados de nacimiento, enseñar a tus hijos a cometer fraude con la pensión y empezar a mentir.
Dan Bue dejó de responder las llamadas.
¿Y sabes qué es lo más irónico? Que mientras el mundo compraba libros sobre los secretos de Okinawa e Ikaria, la respuesta estaba mucho más cerca. Tan cerca que nadie se molestó en buscarla.
Estaba en tu cocina. En la botella de aceite de oliva.
1953. La otra gran mentira
Porque las Zonas Azules no fueron la primera estafa científica que cambió lo que el mundo comía. Fueron la segunda.
La primera empezó en Minneapolis, en 1953.
Un fisiólogo llamado Ancel Keys. Si me sigues desde hace algún tiempo, te lo presentaba por aquí. Estableció la hipótesis que parecía elegante: la grasa de la dieta causa enfermedad cardiovascular. Para demostrarlo, publicó un gráfico con datos de seis países que mostraban una correlación perfecta entre consumo de grasa y muertes cardíacas.
El problema: había datos disponibles de 22 países. Keys eligió los que le convenían. Descartó a Francia, donde se comía mantequilla y queso y las tasas de cardiopatía eran bajísimas. Descartó países que comían poca grasa y tenían mucha enfermedad cardíaca. Seleccionó solo los puntos que dibujaban su línea ascendente.
Eso en ciencia tiene nombre: cherry-picking (elegir cerezas). En la calle se llama hacer trampas.
Y aquí viene lo que hay que leer dos veces:
Ancel Keys, el hombre que convenció al mundo de que la grasa era veneno, se fue a vivir al sur de Italia. Se bañaba en aceite de oliva. Y murió a los 100 años.
Predicaba contra la grasa mientras desayunaba pan con aceite en Nápoles.
Pero su mentira caló. Y recibió ayuda.
En 2016, investigadores de la Universidad de California descubrieron documentos internos de la Sugar Research Foundation, azucareras americanas. Documentos de los años 60. Enterrados medio siglo.
Demostraban que la industria del azúcar pagó a tres científicos de Harvard para publicar una revisión en The New England Journal of Medicine (una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo) que exoneraba al azúcar de la enfermedad cardiovascular y señalaba directamente a la grasa como culpable.
La industria del azúcar pagó a Harvard para que mintiera. Y funcionó.
En 1977, Estados Unidos publicó sus primeras guías dietéticas oficiales: reducir el consumo de grasa. La industria alimentaria sacó grasa de todo y la reemplazó por azúcar, porque sin grasa la comida sabe a cartón.
El resultado: la mayor epidemia de obesidad, diabetes y enfermedad cardiovascular de la historia.
En 1960, un 13% de los americanos eran obesos. Hoy: el 42%. ¿Y mientras tanto, en España?
Lo que hicimos sin saber que lo estábamos haciendo
Mientras Estados Unidos libraba su guerra contra la grasa y la sustituía por azúcar, y mientras Dan Buettner viajaba por el mundo buscando secretos exóticos de longevidad en islas remotas, en España pasaba algo absolutamente revolucionario:
Nada.
Tu abuela seguía echando aceite de oliva a chorro. Sin medirlo. Sin haber leído un solo estudio. Tu abuelo seguía desayunando pan con aceite y tomate. Seguía friendo huevos en una sartén con un dedo de aceite virgen extra. Seguía echando aceite hasta en la sopa.
Y no lo hacían por conciencia nutricional. Lo hacían porque el olivo lleva en la Península Ibérica desde que los fenicios lo trajeron hace 3.000 años. Porque es lo que se hace aquí.
Y esa inercia nos salvó.
En 2013 se publicó el estudio PREDIMED, uno de los ensayos clínicos de nutrición más grandes y rigurosos jamás realizados. Hecho aquí. En España. Con más de 7.400 participantes seguidos durante años.
Conclusión: la dieta mediterránea con aceite de oliva virgen extra reducía los eventos cardiovasculares graves un 30%.
No un suplemento. No un superalimento de Instagram. No un secreto japonés de 25 euros. Aceite de oliva del que tu abuela echa sin mirar.
España produce el 44% del aceite de oliva de todo el mundo. Casi la mitad del planeta depende de nuestros olivos. Y somos los mayores consumidores per cápita.
Mientras medio mundo compraba aceite de coco, ghee clarificado, MCT oil y lo que fuera que un influencer vendiera esa semana, nosotros seguíamos con la garrafa de 5 litros que se compra en la cooperativa del pueblo.
Pero el aceite es solo la parte fácil de explicar. La parte difícil es lo que viene ahora.
El bar como unidad de cuidados intensivos
Pero hay una última pieza en este puzzle.
En 2023, el Surgeon General de Estados Unidos (el equivalente americano al Director General de Salud Pública) declaró la soledad como epidemia nacional de salud pública.
El país más rico del mundo, con la mejor tecnología médica del planeta, reconociendo oficialmente que su gente se muere por estar sola.
La soledad crónica aumenta el riesgo de mortalidad tanto como fumar 15 cigarrillos al día. Es un dato de un metaanálisis con más de 300.000 personas.
Y mientras Estados Unidos se moría de soledad, en España, el señor Antonio baja a las ocho de la mañana al bar de la esquina a tomarse un café con leche con Pepe y con Manolo.
No es folclore. Es estructura sanitaria invisible.
La vida en España pasa en la calle. En el bar. En la plaza. En el banco del parque. En el mercado donde tu madre tarda una hora y media en comprar cuatro cosas porque tiene que hablar con la pescadera y con la señora que se encontró en la cola.
Esa señora no tiene un plan de bienestar emocional. No usa una app de conexión social. No va a un retiro de mindfulness. Va al mercado. Y al hacerlo, sin saberlo, mantiene activa una red de contactos humanos reales que la mantiene viva.
Los japoneses tienen el ikigai: tu razón de ser, tu propósito vital. Les hemos comprado el concepto como si fueran los inventores de tener ganas de levantarse por la mañana.
Pero el abuelo español que a los 87 sigue yendo al huerto a las siete de la mañana no tiene ikigai. Tiene tomates o una partida de dominó.
No hace falta ponerle nombre japonés a algo que aquí ya existía antes de que Japón empezara a contar sus centenarios fantasma.
Lo que estamos a punto de perder
No todo son buenas noticias.
El consumo de ultraprocesados en España se ha duplicado en dos décadas. La obesidad infantil es de las más altas de Europa. Los adolescentes pasan más de cinco horas diarias frente a pantallas.
Estamos importando el modelo americano de alimentación. Y su modelo de aislamiento digital. Y sus gurús de bienestar que te venden por 200 euros lo que tu abuela hacía gratis.
Y, quizá lo más peligroso: estamos empezando a importar la idea de que la longevidad es un producto. Algo que se compra en un suplemento, se aprende en un retiro, se descarga en una app.
No lo es.
La longevidad española no salió de un libro. Salió de una garrafa de aceite de oliva, de un bar con dominó, de una abuela que te llama tres veces al día.
No necesitábamos Zonas Azules. No necesitábamos ikigai. No necesitamos que un periodista americano nos explique cómo vivir más.
Lo estábamos haciendo ya. La pregunta no es por qué vivimos más. La pregunta es cuánto tiempo seguiremos haciéndolo.
Q&A Lo que no te contaron sobre la longevidad, las abuelas y el monje que se convirtió en historia
La avalancha de comentarios sobre la longevidad española me ha hecho investigar, recapitular y, sí, cambiar de opinión en un par de puntos. Es lo mejor que tiene escribir en abierto: vosotros no solo sumáis, también corregís y a veces obligáis a desmontar mitos.
Fuentes
Sogen Kato y centenarios fantasma en Japón
CNN (2010). “Tokyo’s ‘oldest man’ may have been dead for decades”https://edition.cnn.com/2010/WORLD/asiapcf/07/30/japan.oldest.man/
The Japan Times (2010). “82% of centenarians missing, unaccounted for or dead”https://www.japantimes.co.jp/news/2010/09/10/national/
Fraude de las Blue Zones. Estudio Newman
Newman SJ. “Supercentenarians and the oldest-old are concentrated into regions with no birth certificates and short lifespans”. bioRxiv preprint, 2024. UCL Centre for Longitudinal Studies https://doi.org/10.1101/704080 (verificar DOI exacto)
UCL News (2024). “UCL demographer’s work debunking ‘Blue Zone’ regions wins Ig Nobel Prize”https://www.ucl.ac.uk/news/2024/sep/ig-nobel-prize-blue-zones
Al Jazeera (2024). “The secret of ‘Blue Zones’ where people reach 100? Fake data, says academic”https://www.aljazeera.com/news/2024/
Fortune (2024). “Are ‘blue zones’ a myth? Extreme aging is built on pension fraud and century-old lies”https://fortune.com/well/2024/
Fraude de pensiones
Gobierno de Japón (2010). Revisión nacional de centenarios tras caso Kato. 82% de centenarios registrados desaparecidos, muertos o no localizados
Gobierno de Grecia (2012). Auditoría de pensiones: 72% de centenarios cobrando pensión ya habían fallecido
Instituto Nacional de Estadística y Censos de Costa Rica (2008). Censo 2000: 42% de mayores de 99 años habían falseado su edad. Zona Azul de Nicoya se redujo un 90% tras corrección
Gobierno de Italia (1997). Auditoría: 30.000 pensiones pagadas a personas fallecidas
Eurostat. Esperanza de vida regional: Ikaria ocupa posición 109 de 128 regiones europeas
CDC (Centers for Disease Control and Prevention). Datos de esperanza de vida Loma Linda, California: valores dentro del promedio nacional estadounidense
Ancel Keys y la hipótesis lipídica
Keys A. “Atherosclerosis: a problem in newer public health”. Journal of the Mount Sinai Hospital, 20:118-139, 1953
Yerushalmy J, Hilleboe HE. “Fat in the diet and mortality from heart disease; a methodologic note”. New York State Journal of Medicine, 57(14):2343-2354, 1957
Teicholz N. The Big Fat Surprise: Why Butter, Meat and Cheese Belong in a Healthy Diet. Simon & Schuster, 2014
Industria azucarera pagando a Harvard
Kearns CE, Schmidt LA, Glantz SA. “Sugar Industry and Coronary Heart Disease Research: A Historical Analysis of Internal Industry Documents”. JAMA Internal Medicine, 176(11):1680-1685, 2016https://doi.org/10.1001/jamainternmed.2016.5394
Dieta mediterránea. Estudio PREDIMED
Estruch R, et al. “Primary Prevention of Cardiovascular Disease with a Mediterranean Diet Supplemented with Extra-Virgin Olive Oil or Nuts”. New England Journal of Medicine, 378:e34, 2018 https://doi.org/10.1056/NEJMoa1800389
Soledad como factor de mortalidad
Holt-Lunstad J, Smith TB, Layton JB. “Social Relationships and Mortality Risk: A Meta-analytic Review”. PLoS Medicine, 7(7):e1000316, 2010 https://doi.org/10.1371/journal.pmed.1000316
U.S. Surgeon General (2023). Our Epidemic of Loneliness and Isolation. Advisory Report https://www.hhs.gov/sites/default/files/surgeon-general-social-connection-advisory.pdf
Nota de la autora: este artículo se basa en datos públicos de agencias gubernamentales, estudios publicados en revistas científicas revisadas por pares y documentación accesible. El debate científico sobre las Blue Zones está en curso: Newman cuestiona los datos y los investigadores originales defienden su metodología. He intentado ser justa con ambas posiciones, pero los datos sobre fraude de pensiones están documentados por los propios gobiernos. Si detectas algún error o tienes información actualizada que contradiga lo expuesto, escríbeme. La corrección es parte del proceso.




En los años 50-60 del siglo pasado los americanos quisieron convencernos de que los aceites de semillas (que ellos producían y nos vendían ) eran mejores que el de oliva. De hecho, bajó el consumo de aceite de oliva en España (sobre todo en las ciudades, en las zonas rurales no), hasta que nos quitamos el complejo y volvimos al aceite de oliva. Yo consumo mi propio aceite de oliva, de olivos centenarios que salvé de la motosierra y, cuando estoy entre ellos, soy más feliz que una perdiz.
No en toda la península ibérica ha sido históricamente costumbre el uso de aceite de oliva.
En lo que sería el cuadrante noroeste( Castilla, León, Galicia, cornisa cantábrica) no hay olivos.Se cocinaba mucho con manteca de cerdo. Eso sí, en los pueblos se comía legumbre 2-3 días a la semana, verduras del huerto, embutidos caseros....
No había pasta, y arroz poquito.