Llorente y el bronceado más caro de la historia
Por qué una siesta en un yate en 1923 todavía nos está costando vidas
Antes de empezar, el conflicto de interés: NINGUNO. A mí no me paga el lobby de las cremas solares, ni las farmacéuticas, ni la industria del plomo. Este rincón se mantiene única y exclusivamente gracias a los suscriptores. ¡Mil gracias a mis queridos geeks!
En 1760, María Gunning la palmó con 27 añitos. Era considerada, supuestamente, la mujer más guapa de Inglaterra.
¿El asesino? Su neceser.
Veréis, el ceruse (sí, suena a cosmético francés porque algo así era, una plasta de carbonato de plomo disuelto en vinagre) era el maquillaje de moda en la corte del siglo XVIII. Lo usaban las mujeres de la alta sociedad para conseguir una piel pálida tipo “fantasma del castillo”, casi translúcida. Era la forma de que todo el mundo supiera que:
Yo no doblo el lomo trabajando en el campo, yo soy alguien
María Gunning, condesa de Coventry, se lo untaba como si no hubiera mañana. Su marido, que tonto no era y veía que se consumía, llegó a prohibirle la potingada. Ni caso. Ella siguió a lo suyo hasta que murió de una intoxicación crónica por plomo: alopecia severa, úlceras en la piel, ahogos y fallo multiorgánico. Un cuadro.
Y no fue la única. El ceruse tenía siglos de historia reventando hígados en la corte europea. Isabel I de Inglaterra llevaba tantas capas que algunas fuentes describen su rostro al final de su vida como una máscara de estuco. Catalina de Médici también lo usaba en Francia. La regla de oro: cuanto más blanca, más VIP. El pequeño detalle de que el plomo te estuviera friendo el sistema nervioso era una cosilla menor.
Ese absurdo paradigma de moreno pobre y blanco nuclear, aristócrata, sobrevivió la friolera de tres mil años. Desde la Grecia clásica hasta el art nouveau.
Aunque todo ese milenario tinglado tardó exactamente un verano en irse al garete.
Ocurrió en 1923, de repente, el moreno ya no era de currantes, era de gente forrada con yates y tiempo libre.

El martes 19 de mayo de 2026, Marcos Llorente se sentó en El Hormiguero a soltar perlitas que llevaba meses propagando por redes: que la crema solar es poco menos que para flojos, que tu cuerpo se adapta “progresivamente”, y que hay que tener una relación “coherente” con la radiación ultravioleta. Para rematar el circo, cuando le preguntaron cómo saben los oncólogos y dermatólogos que el sol causa cáncer, el tío suelta, con toda su pachorra:
¿Cómo miden eso?
Las redes reventaron, a los dermatólogos casi les da un ictus y los titulares hacían sangre. Yo llevo días pensando que, como buena enemiga de las pseudociencias, esta barbaridad merece algo más que un tuit enfurecido.
¿Por qué narices nuestra cultura lleva exactamente cien años con una relación tan suicida y distorsionada con el sol?
¿Por qué la evolución, en su caótica sabiduría, nos hizo con la piel oscura cerca del ecuador y más pálidos en el norte, y qué puñetas tiene que ver eso con la fertilidad, el folato y las migraciones humanas?
Y sobre todo, ¿por qué la única regla médica universal que no admite debate (NO quemes a tus hijos al sol, jamás, bajo ninguna excusa) es exactamente la que la peña se salta a la torera en la playa?
Preparaos, que vienen curvas evolutivas.
El “callo solar” y la pseudociencia cuqui
Marcos Llorente no ha inventado la pólvora. El discursito del “sol racional” lleva años cocinándose en las comunidades del wellness anglosajón y tiene la narrativa perfecta para viralizarse: te vende la preciosa idea de que tu cuerpo es superinteligente. La Madre Naturaleza te abraza y tiene sus propios mecanismos, y la malvada industria farmacéutica (o dermatológica) solo quiere venderte cremas y miedo embotellado.
El argumento, visto desde fuera, parece tener una lógica: si la piel de tus manos desarrolla durezas al levantar pesas, la piel de todo tu cuerpo puede “entrenarse” para tolerar la radiación si la expones poco a poco. Creas un “callo solar”, te mimetizas con el entorno y te liberas de la dictadura del fotoprotector.
¿El pequeño problemita técnico? Que el “callo solar” NO EXISTE.
No es un término médico. Tu piel no es un hueso que se consolida más fuerte tras una fractura, ni un músculo que se hipertrofia en el gimnasio. Ninguna sociedad científica reconoce ese mecanismo. Lo que sí existe, amigos míos, es la melanogénesis (la producción de melanina como respuesta de emergencia al daño por radiación ultravioleta). Y es exactamente lo contrario de una adaptación protectora: es la señal inequívoca de que el daño ya está hecho.
Un bronceado no es tu piel poniéndose una armadura. Es tu piel activando la alarma de incendios porque le están bombardeando el núcleo celular.
La Skin Cancer Foundation lo resume sin paños calientes ni adornos poéticos: “A tan is a sign of DNA injury to your skin”. Un bronceado es un signo de daño en el ADN de tu piel.
Que llevar la piel tostada se lleve percibiendo durante cien años como el colmo de la salud y el sex appeal, cuando a nivel biológico es daño genético, es uno de los malentendidos colectivos más caros y macabros de la historia de la medicina. Y agárrate, porque tiene fecha y hora de nacimiento.
La siesta que lo cambió todo
Verano de 1923. Gabrielle Bonheur Chanel (la mismísima Coco) se pega un garbeo en yate por la Costa Azul. Se queda frita al sol. Cuando pisa tierra firme, parece que la han horneado: tiene la piel dorada.
La prensa, que ya entonces funcionaba como funcionaba, lo interpreta como la nueva genialidad de la moda. ¿Y por qué no? Todo lo que hacía Coco sentaba cátedra. La tía que había mandado el corsé a tomar por saco, que había inventado el tejido de punto para ropa de calle y que fumaba en público espantando a la moral de la época, acababa de aparecer bronceada.
En cuestión de tres telediarios, tener la piel morena dejó de significar “recojo patatas de sol a sol” para significar “tengo un yate, mucha pasta y me aburro”. El significado social había dado la vuelta. El paradigma de tres mil años de piel pálida como marcador de estatus absoluto se fue al carajo en una sola temporada de verano.yat
Ernest Hemingway, Cole Porter, Josephine Baker y Pablo Picasso andaban por allí dándole al alpiste en esas fiestas de la Riviera. La fotografía de rigor circuló y el virus de la tendencia se hizo global. Y como en esta vida hay que facturar, en 1927 la casa Chanel lanzó su primer aceite bronceador: el Huile Tan. Un bote diseñado expresamente para potenciar y monetizar el mismo daño celular que ella se había provocado por accidente.
Toda esa industria multimillonaria que hoy nos satura con autobronceadores, cabinas de rayos UVA con forma de ataúd espacial, y aceites de zanahoria que te fríen como a una croqueta... nació de una maldita siesta.
Coco Chanel murió en 1971, a los 87 años, en el Hotel Ritz de París. Que por cierto, la historia de por qué Coco vivía en ese hotel, da para artículo en sí misma.
Seguramente Coco jamás tuvo ni idea de la epidemia de melanomas que había sembrado. Tampoco es que ella lo buscara, simplemente, se quedó dormida.
Nina Jablonski y por qué la evolución no trabaja para L’Oréal
En 1978, dos investigadores publicaron un artículo que parecía una curiosidad de nicho: resulta que había una correlación entre la exposición al sol y niveles por los suelos de folato (nuestra querida vitamina B9) en sangre. El folato, por si no has leído el capítulo de mi libro en el que lo destripo, es esencial para la síntesis de ADN. Durante el embarazo es crítico: si te falta, el riesgo de que el feto desarrolle defectos del tubo neural (como la espina bífida o la anencefalia) se dispara.
En su momento, nadie le hizo mucho caso al artículo..
Quince años después, Nina Jablonski, antropóloga, se topó con el artículo mientras investigaba otra cosa. Y se hizo la pregunta: si la radiación solar achicharra el folato, y el folato es vital para tener descendencia sana... ¿por qué narices los humanos que vivían a pleno sol en el ecuador no tenían un problema? ¿Por qué los que habían migrado al frío norte, donde el sol es un mito, tenían la piel tan pálida?
La respuesta que Jablonski y su marido, George Chaplin, armaron durante años es, para mí, una de las obras de arte más elegantes de la biología evolutiva.
La melanina no evolucionó para que estuvieras guapo en las fotos de agosto. Evolucionó para proteger tu folato.
Cerca del ecuador, la radiación UV es imparable. Sin suficiente melanina, el sol atraviesa la piel y destruye el folato circulante. Mujeres sin folato son bebés con malformaciones severas, descendencia que no sobrevive y, básicamente, extinción. La naturaleza, que es una asesina muy pragmática, fue favoreciendo las mutaciones de pieles oscuras para blindar el folato.
Pero claro, emigramos al norte y nos topamos con el problema inverso. En latitudes frías, la radiación UV es tan débil que el cuerpo necesita absorber cada rayo disponible para sintetizar vitamina D3 en la piel.
¿Qué pasa si te falta vitamina D? Que el calcio no se absorbe. Déficit de vitamina D significa raquitismo, huesos de chichinabo y, sobre todo, pelvis deformadas. Una pelvis deformada intentando parir un bebé cabezón hace veinte mil años era una sentencia de muerte para la madre y para el niño. Otro desastre evolutivo, pero en la otra dirección. Hablamos un poco más de esto por aquí:
La solución de la evolución fue brillante, como siempre. Un termostato perfecto: piel oscura cerca del ecuador para hacer de escudo y proteger el folato; piel clara en el norte para dejar pasar la luz y fabricar vitamina D.
En los años noventa, Jablonski y Chaplin cruzaron los datos de radiación UV de la NASA con los registros de pigmentación de la piel de cientos de poblaciones. Encajaban casi perfectamente. Como dijo Jablonski:
El color de la piel no es solo superficial. Es la firma evolutiva de dónde vivieron nuestros antepasados
Los números que responden a la preguntita de Llorente
Recapitulemos. El colega futbolista se preguntaba en prime time: “¿Cómo miden eso los médicos?”. Pues mira, Marcos, saca la libreta que te voy a dar la alineación titular.
En España en 2024 tuvimos 7.881 casos nuevos de melanoma cutáneo. El noveno cáncer más frecuente en mujeres y el undécimo en hombres. Más de 25 diagnósticos al día. Un incremento anual de más del 1% desde 2003. Año tras año.
Y ojo, que España no es el epicentro del drama. Las tasas más bestias del planeta las tienen en Australia o en los países escandinavos, precisamente porque tienen a poblaciones con genética de baja melanina (adaptada al frío y la oscuridad) viviendo bajo agujeros de ozono (no vamos a hablar de cómo cambiaron los ingleses el color de piel de los habitantes de Australia, que todavía me peleo con alguien).
En 2014, un equipo de investigadores (Wu et al.) publicó un estudio en la revista Cancer Epidemiology, Biomarkers & Prevention. Siguieron a 108.916 enfermeras durante veinte años. ¿El resultado? Las mujeres que habían sufrido cinco o más quemaduras con ampollas entre los 15 y los 20 años tenían un 80% más de riesgo de desarrollar melanoma.
Así es como se mide, Marcos.
Una sola quemadura grave en la infancia te puede duplicar el riesgo de cáncer en la edad adulta. El mecanismo, por si te lo preguntas, la radiación UV revienta el ADN de los queratinocitos y melanocitos. Tu cuerpo repara lo que puede, pero siempre quedan escombros. Ese daño se acumula. Y décadas después, una célula que lleva treinta años acumulando errores genéticos dice “hasta aquí” y se salta los controles del ciclo celular. Melanoma.
No hay ningún mecanismo fisiológico, ninguno, por el que una exposición gradual (el “callo solar”) deshaga ese daño genético. El bronceado que consigues “poco a poco” no es protección. Es tu piel sintetizando melanina porque el daño ya está hecho. Por cierto, esa melanina de emergencia tiene una capacidad protectora de chiste comparada con la de tu piel natural.
Sobre la crema solar (porque no vale cualquiera)
Esta parte tiene su miga.
Llorente ha acertado de chiripa en una cosa, aunque por los motivos equivocados: no todos los protectores son iguales. El matiz que se le escapa es que la solución a esto no es “dejar de usar crema”. La solución es usar la crema adecuada.
En 2019, la FDA publicó en el Journal of the American Medical Association un ensayo clínico: los filtros químicos más comunes (oxibenzona, avobenzona, octinoxato, octocrileno) se absorben con un solo día de uso normal, alcanzando en la sangre niveles que superan el umbral de seguridad de la agencia. La oxibenzona se paseaba por el torrente sanguíneo a niveles detectables días después.
La FDA no mandó estos filtros a la hoguera, pero los metió en la lista de “usadlos con ojito” (no GRASE: Not Generally Recognized As Safe and Effective) mientras esperan más datos sobre qué demonios hacen en nuestro sistema endocrino a largo plazo.
¿La alternativa? Los filtros minerales (óxido de zinc y dióxido de titanio). Estos no tienen ese problema porque no penetran en el torrente sanguíneo. Se quedan en la superficie de la piel y actúan como espejos, reflejando y dispersando la radiación UV. Por eso la Academia Americana de Dermatología los recomienda como la única opción para bebés menores de 6 meses y para los niños.
Para un adulto sano que va un rato a la piscina, los filtros químicos modernos no son cianuro. Pero si buscas la opción con el mejor perfil de seguridad a largo plazo (especialmente para críos, embarazadas o gente que vive al sol), los minerales ganan por goleada.
El protocolo ideal de un dermatólogo no es “baña a tu hijo en alquitrán SPF 50 y enciérralo en un búnker”. Es mucho más lógico, y lo vamos a ver ahora mismo.
Tu abuela: la mayor experta en fotoprotección
Mientras el mundo rico babeaba con el bronceado de Chanel, aquí en España teníamos un sistema milenario para lidiar con la radiación. Y no era pseudociencia.
La siesta, con la persiana bajada entre las dos y las cinco de la tarde. Evitamos culturalmente el pico letal de índice UV. Exactamente lo que recomienda la OMS.
Nuestra arquitectura tradicional (los muros encalados, los patios interiores orientados al norte y el botijo) es un sistema de ingeniería térmica. Vamos, la casa-carmen de Graná de toda la vida del Señor.

Lo fascinante de la hipótesis de Jablonski es que explica por qué nuestro fototipo mediterráneo (el III y IV, con melanina suficiente para blindar el folato sin bloquear del todo la síntesis de vitamina D) es el equilibrio evolutivo perfecto para este clima. Pero todo ese esfuerzo genético de decenas de miles de años lo mandamos a la porra en dos generaciones. Diez meses en una oficina con aire acondicionado, para luego soltarnos en agosto, blancos como la leche y con la piel completamente desadaptada, a freírnos vuelta y vuelta en la playa.
La tradición no necesitaba inventarse el concepto de “callo solar”. Tenía el sombrero, la siesta y la persiana. Y funcionaba. El problema es que decir “quédate en la sombra” no te da likes en un reel.
El debate actual se ha polarizado de una forma estúpida que solo genera víctimas. En un rincón: “el sol es radiactivo, no salgas sin escafandra”. En el otro: “la crema es veneno, abraza el sol con tu callo cuántico”. Los dos simplifican y son peligrosos.
Si eres demasiado vago para leer todo lo anterior, te lo resumo.
No te quemes. NUNCA. Y, por lo que más quieras, no quemes a tus críos. El daño UV en la infancia es el factor de riesgo número uno para el melanoma.
Si vas a usar crema de forma intensiva, pásate al filtro mineral (zinc o titanio), sobre todo con los niños. Ganas en seguridad, empatas en protección.
El sol no es el demonio. Necesitamos la luz para la vitamina D, los ritmos circadianos y no volvernos locos.
Si todo este rollo de Jablonski, el folato, la vitamina D y cómo la evolución nos ha ido parcheando sobre la marcha te ha gustado... que sepas que en mi libro Homo Imperfectus le dedico un capítulo entero a esto. Hablo del p53, el “guardián del genoma“ que es el mecanismo anti cancer que adoramos todos los médicos. Y puede que, después de leer “Cuando ser pálido te salvaba la vida”, tú tambien lo adores.
Te dejo el enlace por aquí.
Fuentes
“A Brief Cultural History of Sun Tanning.” Messy Nessy Chic, 2023. Dato clave: documenta el giro cultural del verano de 1923 en la Riviera francesa. https://www.messynessychic.com/2023/05/03/a-brief-cultural-history-of-sun-tanning/
Jablonski NG, Chaplin G. “Human skin pigmentation as an adaptation to UV radiation.” Proc Natl Acad Sci USA. 2010;107(Suppl 2):8962-8968. https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.0914628107
Greaves M. “The Vitamin D–Folate Hypothesis as an Evolutionary Model for Skin Pigmentation: An Update and Integration of Current Ideas.” Am J Phys Anthropol. 2017;164(4):887-899. PMC5986434. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC5986434/
Wu S, Han J, Laden F, Qureshi AA. “Long-term ultraviolet flux, other potential risk factors, and skin cancer risk: a cohort study.” Cancer Epidemiol Biomarkers Prev. 2014;23(6):1080-1089. https://aacrjournals.org/cebp/article/23/6/1080/164963
SEOM/REDECAN. “Se incrementa la incidencia interanual de melanoma en España con 7.881 casos nuevos en 2024.” SEOM, 2024. https://seom.org/otros-servicios/noticias/210543-se-incrementa-la-incidencia-interanual-de-melanoma-en-espana-con-7-881-casos-nuevos-en-2024
Matta MK, Zusterzeel R, Pilli NR, et al. “Effect of Sunscreen Application Under Maximal Use Conditions on Plasma Concentration of Sunscreen Active Ingredients: A Randomized Clinical Trial.” JAMA. 2019;321(21):2082-2091. https://jamanetwork.com/journals/jama/fullarticle/2733085
The Skin Cancer Foundation. “Ask the Expert: What Is a Solar Callus?” https://www.skincancer.org/blog/ask-the-expert-what-is-a-solar-callus/
Melanoma Scan Brisbane. “Debunking the Solar Calluses Myth: Highlighting the Skin Cancer Risks of Sun Exposure.” https://www.melanomascan.com.au/Blog/sun-safety-tips-debunking-the-solar-calluses-myth-and-highlighting-the-skin-cancer-risks-of-sun-exposure.html
Nota de la autora: Este artículo se basa en estudios peer-reviewed y datos públicos de organismos oficiales. Si llevas años sin revisiones dermatológicas y te preocupa tu historial de exposición solar, este es el momento de pedir cita. La detección precoz del melanoma es el factor pronóstico más importante: in situ tiene una supervivencia a 5 años del 99%. Un melanoma estadio IV, del 32%. La diferencia la hace ver al médico antes.




No sé si que, cada principio de verano, las televisiones nos den la misma turra con lo de la protección solar, sirve de algo, genera cultura, o genera rechazo. Lo que sí se es que nunca lo había visto tan buen explicado. Congratulations.
Lo mejor del artículo es que pone de manifiesto que en este país circulan bombas sanitarias con el consentimiento de medios que se auto titulan serios. La gente de costa sabe, de siempre, que el sol no es un enemigo, pero hay que tener cuidado con él, mucho cuidado