El niño más rico del Renacimiento la murió de una enfermedad de pobres.
Yo lo que te cuenta sobre tu analítica
Como de costumbre, antes de empezar: conflicto de intereses, en este caso hay. Y es que me interesa que compres mi libro, que es estupendo. Pero no hay ninguno más, no te preocupes.
Felipe de Médici tenía cuatro añitos cuando se fue al otro barrio, allá por el 29 de marzo de 1582. En la autopsia le abrieron el cráneo y, según las crónicas de la época, le sacaron “un vaso entero” de líquido de la cabeza.
Cuatrocientos veintidós años después, en 2004, un grupo de investigadores levantó una losa de mármol en la Basílica de San Lorenzo en Florencia y dio con sus huesos. Tenía las piernas arqueadas como las de un vaquero. Exactamente las mismas piernas que, doscientos cincuenta años más tarde, tendrían los niños obreros que dejaban los pulmones y la vida en las fábricas de Mánchester.
Felipe no era un cualquiera. Se llamaba así por su padrino: el mismísimo Felipe II de España. Su padre era el Gran Duque de la Toscana y sus abuelos eran los tíos que le pagaban las facturas a Miguel Ángel, a Galileo y a Da Vinci. Cuando nació, lo proclamaron Gran Príncipe de la Toscana antes siquiera de que supiera ponerse de pie.
Felipe era, sin lugar a dudas, el niño más asquerosamente forrado de toda Europa.
Y se le derritieron los huesos.
En esa cripta secreta que abrieron en 2004 no estaba solo. Había ocho ataúdes infantiles. Pues bien, cinco de esos ocho esqueletos tenían el pack completo de la misma avería: piernas en arco, cráneo blando y el clásico “rosario”, una hilera de bultos en las costillas. Dos de ellos eran recién nacidos y ya venían rotos de fábrica.
La todopoderosa familia Médici estaba enterrando a sus herederos bajo el suelo de su iglesia privada por culpa de la misma enfermedad que masacraba a los críos de los barrios más miserables que no tenían un triste trozo de pan.
Raquitismo. Falta de vitamina D. Hoy toca un tema gordo.
¿Por qué los niños pijos del Renacimiento murieron de una enfermedad de pobres?
¿Por qué tu cuñado de Sevilla, que vive bajo un sol de justicia 300 días al año, llega a mi consulta con los niveles de vitamina D de un vikingo en enero?
Y la que más duele: ¿por qué los críos del Madrid de 2026, con sus clases de inglés nativo y su extraescolar de pádel, tienen unos huesos calcados a los de los niños hambrientos del Mánchester de 1850?
El gran mito: “con asomarte a la ventana, tienes”
Llevamos cuarenta años tragándonos dos mentiras a la vez.
La primera, que la vitamina D te la sacas comiendo salmón, huevos y pastillas. La segunda: que el sol es tóxico.
La industria del protector solar mueve ahora mismo unos 15.000 millones de euros al año. La de los suplementos de vitamina D, otros 2.000 millones. El negocio es redondo: te embadurnan el brazo a las nueve de la mañana de pleno junio para protegerte de un cáncer (un miedo lógico y necesario), y a las diez de la noche te calzan una pastilla porque tienes la vitamina D por los suelos.
No es una conspiración. Es simplemente la mala traducción de un buen estudio.
En los años noventa, los dermatólogos empezaron a ponerse agresivos con la fotoprotección por pánico al melanoma. Todo correcto. El problema es que una crema con SPF 30 bloquea cerca del 95% de la radiación UVB. Y resulta que esa radiación UVB es exactamente la chispa que tu cuerpo necesita para arrancar la maquinaria.
Tu piel no está ahí de adorno (que tambien) es una fábrica química. Coge un colesterol que tienes paseando por la dermis (el 7-dehidrocolesterol) y, cuando le da el rayo ultravioleta, lo transforma en previtamina D3. Si bloqueas el sol, le echas el cierre a la fábrica.
Lo que no te pone en la letra pequeña del bote de crema es que el 90% de tu vitamina D la fabrica tu propia piel, y solo un misérrimo 10% viene de lo que comes. La pastilla es un remiendo. La luz solar es el sistema operativo entero. Llevamos cuatro décadas poniendo parches a una máquina que funcionaba sola.
El investigador que destapó la avería de los florentinos
En la Universidad de Pisa, un paleopatólogo llamado Gino Fornaciari y su equipo se montaron un tinglado al que llamaron, con un par, The Medici Project. La idea era brutal: exhumar a una de las dinastías más forradas y documentadas de Europa para mirarles los huesos con lupa.
Cuando abrieron la cripta infantil, se toparon con el percal que ya te he contado. Cinco de los ocho esqueletos estaban deformados. Les pasaron los isótopos de carbono, les hicieron radiografías y microtomografías. Lo miraron todo.
Y lo que descubrieron fue todavía más surrealista.
Los niños Médici comían mejor que el 99% de la población de su época. Tenían amas de cría hasta los dos añazos, porque la madre oficial, allá en su palacio, no podía perder el tiempo dando la teta; tenía que volver a quedarse embarazada a la de ya para asegurar alianzas políticas (Leonor de Toledo, la abuela del niño del cuadro, parió once críos entre los 18 y los 32 años). A partir de los dos años, a los niños les daban unas papillas de miga de pan y manzana cocida. Todo diseñado por médicos de la corte para cuidar a los herederos.
Pero había un fallo en Matrix: esa dieta de lujo no tenía vitamina D. Ni la leche materna, ni el pan, ni la manzana dan la talla.
Y para rematar el desastre, en esa vida de opulencia no había sol. Nada en absoluto.
En el siglo XVI, estar pálido como un folio era el postureo máximo. Significaba:
Soy tan rico que no he tenido que doblar el lomo en el campo en mi vida
Las mujeres de la nobleza se embadurnaban la cara con Ceruse Veneciano, un potingue de vinagre y plomo que te dejaba blanco nuclear y, de regalo, te iba envenenando lentamente. A los bebés los embutían en tres capas de seda y terciopelo oscuro donde solo asomaba la naricilla. Y los palacios renacentistas eran auténticos búnkeres de piedra con muros de un metro y ventanitas minúsculas, pensados para no pelarte de frío en invierno, no para que entrara la luz.
Como concluyó el equipo de Fornaciari en el paper que publicaron en 2013: a los niños Médici no les partió las piernas la pobreza ni el hambre. Les rompió los huesos la moda, la arquitectura y el privilegio.
A los Médici les mató el lujo.
La “enfermedad inglesa”
Corría el año 1645 cuando un médico inglés llamado Daniel Whistler defendió una tesis doctoral en Leiden con un título que parece de chiste:
De morbo puerili Anglorum (”Sobre la enfermedad infantil de los ingleses”).
Cinco años más tarde, un anatomista de Cambridge, Francis Glisson, publicó un libraco llamado De Rachitide y bautizó oficialmente al monstruo: raquitismo.
En el resto de Europa no se complicaban tanto. Lo llamaban The English Disease (la enfermedad inglesa). Y con razón.
Cuando estalló la Revolución Industrial, los críos del norte de Inglaterra (Mánchester, Liverpool, Glasgow) empezaron a doblarse. No porque comieran peor que sus abuelos del campo, sino porque en su mundo el sol había desaparecido.
Las ciudades industriales vivían bajo una boina perpetua de humo y carbón. Los chavales curraban catorce horas diarias en minas y fábricas textiles desde los seis años. Entraban de noche y salían de noche. Y el único día que libraban, el domingo, el cielo era gris.
En 1842, un funcionario sacó a la luz la edad media de mortalidad en Mánchester según la clase social. Los señoritos duraban unos 38 años. Los comerciantes, 20. ¿Los obreros? Diecisiete años.
A finales del XIX, entre el 80% y el 90% de los niños obreros británicos tenían raquitismo. Había dejado de ser la enfermedad pija de los Médici para convertirse en una plaga. Y nadie sabía cómo pararlo.
Hasta que, en 1919, un pediatra alemán en Berlín llamado Kurt Huldschinsky tuvo una iluminación. Con Alemania en la ruina tras perder la Primera Guerra Mundial y los críos desnutridos, metió a unos cuantos niños raquíticos bajo una lámpara de cuarzo que escupía luz ultravioleta. Una horita al día. A las semanas, los huesos se les curaron.
Los había arreglado dándoles luz.
Poco después, los americanos aislaron el principio activo y le llamaron “vitamina D” (la D porque la A, B y C ya estaban pilladas). En Reino Unido empezaron a meterle vitamina D a la margarina, y la epidemia de huesos de goma se desplomó. Sin pastillas milagrosas ni operaciones. Solo dándoles a los niños lo que sus abuelos campesinos tenían gratis: un rayo de sol en la cara.
Detalle geek: el primer caso famoso de raquitismo en Occidente no es un niño real, sino un personaje de ficción de un cuento hiperfamoso de 1843.
Por qué en España estamos haciendo el canelo
Mientras en Mánchester morían, en España la cosa era distinta. Fue por ventaja geográfica y cultural.
Aquí los niños jugaban en la calle. Las madres se los llevaban al mercado a pie. Comíamos sardinas, boquerones y aceite de oliva. España estaba aplicando el tratamiento de la luz ultravioleta sin tener ni idea de qué era la vitamina D.
Pero entonces se nos fue la pinza y copiamos el modelo yanqui.
Los críos desaparecieron de las plazas y se pegaron a las pantallas. Los pediatras empezaron a recetar factor 50 todo el año “por si acaso”. Ya no se va al mercado. Extraescolares bajo techo. Merienda de plástico. A los abuelos en las residencias no les da el aire.
¿El resultado? Analíticas de invierno idénticas a las de Mánchester en 1850.
Vivimos en un país con sol y tenemos un déficit de vitamina D de entre el 60% y el 80% de la población. Los epidemiólogos lo llaman la Spanish paradox.
Tu piel es el resultado de la negociación evolutiva más larga de la historia humana, y se libra a tres bandas. Entre el melanoma, el malo de la película, que aparece cuando te pasas tres pueblos acumulando radiación ultravioleta (UV). El folato, una vitamina que es vital. Si el UV te la achicharra en sangre durante el embarazo, al embrión se le cierran mal los tubos neurales (hola, espina bífida). Y la vitamina D: que no fabricas si el sol no te da en la piel.
Tu color de piel es la solución matemática. Estés donde estés en el mapa, tus ancestros se pigmentaron lo justito para dejar pasar el UVB necesario para fabricar vitamina D y no tener huesos de goma, pero sin pasarse de la raya para no freír el folato ni cocer los melanocitos. Llevamos 200.000 años cuadrando.
Tu piel no necesita que te tuestes una hora como un guiri. Solo necesita un pacto razonable. Con poner los antebrazos y las piernas al sol entre 15 y 20 minutillos, tres veces a la semana (entre marzo y octubre si vives en España), tienes más que de sobra. Después de ese rato, te echas tu crema. Fin del drama. Una cosa no anula la otra. Personalmente, es mi excusa perfecta para un café al sol diario. Ahí lo dejo.
Ojo, salvedad, la cara, siempre con crema. La piel del rostro acumula daño todos los días de tu vida y es la zona VIP para los carcinomas. La vitamina D la fabricas estupendamente con los antebrazos. Nadie necesita pelarse la nariz para tener unos huesos sanos.
En mi libro le dedico un capítulo entero a esta locura. A las fábricas de Mánchester.
Y, sobre todo, a ese niño cojo que se inventó un escritor en 1843 para que la élite mirara de frente a los críos pobres. Un niño hiperfamoso que sale en pelis navideñas y hasta tiene un musical, pero cuyo diagnóstico real nadie quiso ver durante décadas. Su autor reescribió el final cuatro veces, asustado por lo que veía en las fábricas a media hora de su casa.
Fuentes
El raquitismo de los Médici
Giuffra V, Vitiello A, Caramella D, Fornaciari A, Giustini D, Fornaciari G. Rickets in a high social class of Renaissance Italy: the Medici children. International Journal of Osteoarchaeology. 2013. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1002/oa.2324
Fornaciari G, Vitiello A, Giusiani S, Giuffra V, Fornaciari A, Villari N. The Medici Project: First Anthropological and Paleopathological Results of the Exploration of the Medici Tombs in Florence. Medicina nei Secoli. 2007;19(2):521-544. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/19069779/
Watson T. Skeletons show rickets struck the Medici family. Nature News. 7 de junio de 2013. https://www.nature.com/articles/nature.2013.13156
Alonso JR. Felipe de Médici y el raquitismo. Neurociencia, el blog de José R. Alonso. 16 de noviembre de 2013. https://jralonso.es/2013/11/16/felipe-de-medici-y-el-raquitismo/
Historia del raquitismo y descubrimiento de la vitamina D
Hassan-Smith Z. Kurt Huldschinsky: A pioneer in the struggle against rickets. Deutsche Medizinische Wochenschrift. 2021. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/34879410/
El raquitismo en la Inglaterra industrial y la edad media al morir
Goldacre M, Hall N, Yeates DGR. Hospitalisation for children with rickets in England: a historical perspective. The Lancet. 2014;383(9917):597-598. https://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(14)60211-7/fulltext
Vitamina D moderna y el caso español
Mateo-Pascual C, Julián-Viñals R, Alarcón-Alarcón T, et al. Vitamin D deficiency in a cohort over 65 years: prevalence and association with sociodemographic and health factors. Revista Española de Geriatría y Gerontología. 2014;49(5):210-216. https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/24816386/



