El Rey que murió en 1536 (aunque lo enterraron 11 años después)
la autopsia traumática de Enrique VIII
Olvida todo lo que te enseñaron en el colegio sobre Enrique VIII. Olvida al gordo tirano que comía muslos de pavo con las manos. Al monstruo que decapitaba esposas porque se aburría de ellas.
Como traumatóloga, cuando miro los cuadros de Enrique VIII, no veo a un villano de Disney. Veo a un paciente con un traumatismo craneoencefálico (TCE) severo no diagnosticado.
La historia dice que Enrique VIII fue un rey cruel, pero…
La medicina moderna dice que fue la primera víctima famosa de la “Demencia del Boxeador”
Y el culpable no fue su ego. Fue un caballo de 600 kilos.

El paciente antes del “crack”
Para entender la magnitud del desastre, tenéis que borrar la imagen del rey obeso de los cuadros de Holbein.
En su juventud, Enrique era el Brad Pitt del Renacimiento. Medía 1,88m (un gigante para la época), era guapo, culto y, sobre todo, un atleta de élite. Era la estrella del equipo. El pivot de la corte.
Durante 20 años gobernó con cordura. No ejecutaba a nadie por capricho. Era racional. Pero tenía un vicio peligroso: las justas. Ya sabéis, dos tipos a caballo corriendo a 30 km/h el uno contra el otro con lanzas de madera maciza. Básicamente, un accidente de tráfico provocado por diversión.
Código Rojo en Greenwich: 24 de enero de 1536
Aquí es donde la historia cambia para siempre. Enrique está compitiendo en un torneo. Lleva una armadura completa (unos 30-40 kg de acero). Su caballo también va blindado.
En un choque brutal, el Rey cae. Pero no cae “bien”. El caballo, también herido, se desploma encima de él.
Hagamos números de física básica:
Hombre (100kg) + Armadura (40kg) + Caballo blindado (500kg) + Velocidad.
El resultado es un politraumatismo de alta energía que ríete tú de un choque frontal en la M-30.
Enrique estuvo inconsciente durante dos horas. En términos médicos, una pérdida de conciencia de más de 30 minutos ya sugiere un daño axonal difuso. Dos horas es una eternidad. Su cerebro rebotó dentro del cráneo como una campana.
El diagnóstico: Encefalopatía Traumática Crónica (CTE)
Cuando despertó, el Enrique amable y racional había desaparecido. Sus cortesanos dijeron:
El Rey ya no es el Rey
Si hoy le hiciéramos un escáner post-mortem (como se hace con los jugadores de la NFL que donan sus cerebros), estoy segura al 99% de que veríamos un cerebro carcomido por la encefalopatía traumática crónica (CTE).
Es la misma enfermedad que destruyó a Aaron Hernandez o a Mike Webster. ¿Los síntomas? Leed la biografía de Enrique post-1536 y comparad:
Ira explosiva e irracional: pasó de ser diplomático a ordenar ejecuciones por una mala mirada. Su lóbulo frontal (el freno de mano de la conducta) estaba hecho puré.
Paranoia: veía conspiraciones donde no las había.
Dolor crónico: el accidente también le reventó las piernas. Desarrolló osteomielitis crónica (infección en el hueso) y úlceras que supuraban y olían tan mal que se podían oler a tres habitaciones de distancia. Imaginad vivir con un dolor de muelas en las piernas 24/7. Eso vuelve loco a cualquiera.
La prueba del algodón: Ana Bolena
El dato que confirma el diagnóstico es la velocidad.
Con Catalina de Aragón (antes del golpe) tardó años en tramitar la separación.
El accidente fue en enero de 1536. En mayo de 1536, apenas cuatro meses después, mandó ejecutar a Ana Bolena.
Pasó de la paciencia diplomática a la solución final en semanas. La mujer por la que había roto con Roma y puesto el mundo patas arriba fue la primera víctima de su nuevo cerebro dañado. No fue un cambio de corazón; fue un fallo de hardware.
Somos nuestra biología
Enrique VIII gobernó Inglaterra 38 años. Pero el hombre que recordamos, el tirano sangriento, solo existió los últimos 11, después del golpe.
Es aterrador pensar que la muerte de Ana Bolena, Catalina Howard y miles de ingleses no fue fruto de una ideología, sino de un hematoma subdural y de una proteína llamada Tau acumulándose en las neuronas de un solo hombre.
La historia no la escriben los vencedores. A veces, la escribe un traumatismo craneal.
Fuentes
The head that wears the crown: Henry VIII and traumatic brain injury https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0967586815006803
Did Henry VIII suffer same brain injury as some NFL players? https://news.yale.edu/2016/02/02/did-henry-viii-suffer-same-brain-injury-some-nfl-players
Henry VIII’s jousting accident: The injury that transformed a kingdom https://www.historyskills.com/classroom/year-8/henry-viii-jousting-accident/
Jousting yard where Henry VIII nearly died just discovered 5 feet under https://www.livescience.com/henry-viii-jousting-tiltyard-found.html
Inter-individual variability in disease expression: the Tudor-Churchill spectrum https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7927761/







Qué maravilla de enfoque. De verdad. Has hecho algo muy potente aquí, quitarle el juicio moral al personaje y ponerle un TAC.
Me parece fascinante cómo conviertes un relato histórico en un caso clínico con cronología, mecanismo lesional y correlación sintomática. Esa frase de “no fue un cambio de corazón, fue un fallo de hardware” es brillante porque resume la hipótesis sin caer en el sensacionalismo.
Además, introduces algo incómodo y muy actual: cuánto de lo que llamamos “maldad” es biología alterada. El lóbulo frontal no es una metáfora, es un freno real. Y cuando se rompe, la personalidad cambia. Eso asusta, pero también humaniza.
Lo que más me impacta no es solo el TCE, sino el combo: daño axonal + dolor crónico + posible infección sistémica constante. Es la tormenta perfecta para desregular a cualquiera. La historia suele hablar de poder y religión, tú la llevas al terreno de neuroinflamación y proteína Tau. Y eso cambia la narrativa.
Y te lanzo una pregunta que me ha surgido leyendo,
si ese accidente hubiera ocurrido hoy, con UCI, neuroimagen y rehabilitación, ¿crees que la historia de Inglaterra habría sido distinta o el poder habría amplificado igual el daño?
Por cierto, el comentario sobre Trump demuestra algo: cuando la medicina entra en la historia, inevitablemente miramos al presente. Y eso es lo que hace interesante este tipo de análisis.
Soberbia como siempre mi admirada traumatóloga. ✌️