¡Al carajo Pasteur! El visir granadino al que estrangularon por descubrir el contagio
y la Inquisición médica que lo silenció
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Fez. Año 1374 o 1375. Una celda ruinosa. Entran unos tipos con una cuerda y estrangulan a un preso que llevaba meses esperando exactamente ese final.
El tipo se llamaba Lisan al-Din ibn al-Jatib. Había sido visir del reino nazarí de Granada (básicamente, el Primer Ministro de la época), consejero de dos sultanes, poeta, botánico, historiador y médico. Un genio renacentista un siglo antes del Renacimiento. Sus colegas le llamaban Dhul-Wizaratayn ”el de los dos visirados” porque te manejaba la espada igual de bien que el bisturí o la pluma.
Meses después de enterrarlo, a una turba de iluminados les pareció poco, así que lo desenterraron y lo quemaron en la plaza pública.
¿Su gran crimen? Haber escrito, veinticinco años antes, que
la peste se contagiaba de una persona a otra.
Setecientos años antes de la vacuna del COVID. Siete siglos antes de que tuviéramos ni puñetera idea de qué era una bacteria o un virus. Este médico se plantó, miró a los enfermos, contó a los muertos y soltó una frase que hoy, si tienes sangre en las venas, te tiene que poner los pelos de punta:
“La existencia del contagio queda establecida por la experiencia, por la investigación, por la evidencia de los sentidos… y por el hecho de que quienes se aíslan permanecen a salvo.”
Y por decir la verdad, se lo cargaron.
Todos vivimos marzo de 2020. Todos nos peleamos en Twitter, en el hospital o en el grupo de WhatsApp de la familia sobre si las mascarillas valían para algo.
Si te pidiera que apostaras tus ahorros, me dirías que la idea del contagio es un invento del siglo XIX. Pasteur. Koch. El microscopio. Todo súper francés, súper alemán, muy de señor con bata blanca y bigote decimonónico.
Pues te equivocas por medio milenio.
¿Por qué tardamos cinco siglos en aceptar lo que un médico de Granada había demostrado empíricamente en 1349? ¿Por qué matamos al tío que nos estaba enseñando a no liarla? ¿Y por qué en pleno siglo XXI, con el genoma del virus secuenciado en semanas, repetimos los mismos errores de cuñadismo que Ibn al-Jatib tuvo que combatir a espadazos intelectuales desde la Alhambra?
El aire podrido: el mito que duró 2.000 años
Durante dos milenios, la élite de la medicina se tragó que las enfermedades te las pegaba el aire.
El “aire malo”. El aire estancado de los pantanos. Mal aria. Según Galeno en el siglo II, este aire te envenenaba los pulmones y te pudría los humores. La teoría miasmática (del griego miasma, mancha).
Ha sido el bulo más letal de la historia humana: duró 2.000 años y se llevó por delante a cientos de millones de personas porque bloqueó por completo la idea del contagio.
Y ojo, que el modelo de negocio era perfecto. Si la culpa era del aire, no podías hacer nada salvo rezar muy fuerte, quemar rastrojos, huir a tu casa de campo (si eras rico) y esperar. Cero culpas. Cero necesidad de aislar a nadie. La peste era un castigo de Dios o una movida atmosférica. Y mientras, el matasanos de turno te cobraba por ir a verte con una máscara de cuervo rellena de romero para “filtrar” los miasmas.
Cuando la Peste Negra reventó Europa en 1347, el rey Felipe VI le pidió explicaciones a la Facultad de Medicina de París. Su respuesta oficial fue que una conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en Acuario, ocurrida un martes de 1345 a la hora de comer, había corrompido la atmósfera.
No me lo estoy inventando. Este es el paper oficial de la institución médica más top de Europa para explicar por qué 50 millones de personas se estaban yendo al hoyo. Cartas astrales para tratar pandemias.
Y mientras en París leían el horóscopo, en Granada, un visir de 36 años se puso a trabajar de verdad.
Ibn al-Jatib: el método científico antes de que existiera el método
Lisan al-Din ibn al-Jatib nació en Loja (Granada) en 1313. Familia de intelectuales, cerebro privilegiado, ascenso meteórico. A los 32 ya era el primer ministro del último bastión musulmán de la Península. A los 34, le estalló la peste en la cara.
La Granada de 1348 era un escándalo de ciudad. La Alhambra estaba en obras, la Universidad (la Madrasa Yusufiya) acababa de abrir. Y el Maristán (el hospital público donde atendían a los pobres y trataban a los enfermos mentales con dignidad sin encadenarlos) funcionaba a pleno rendimiento.
Ibn al-Jatib vio a la peste cruzar las murallas. Pero hizo lo que nadie estaba haciendo: contar.
Contó muertos por barrios. Contó los que veía tras tocar la ropa de un infectado. Registró a los que se salvaban por hacer cuarentena en sus casas. Fichó a los marineros sanos que pisaban puerto infectado y caían como moscas, y a los viajeros enfermos que hundían una ciudad sana con solo toser al bajar del barco.
En 1349. Sin microscopios. Sin cultivos. A base de ojos y cerebro.
Cuando los fanáticos de su época le echaron en cara que contradecía un hadiz religioso que decía que “no hay contagio”, Ibn al-Jatib respondió con la frase más chula y valiente de toda la Edad Media:
“Si la observación y la experiencia contradicen una interpretación de la revelación, es la interpretación la que debe ceder ante la evidencia, no al contrario.”
Y eso, amigos, fue su sentencia de muerte.
Bubónica y neumónica: una bacteria, dos caras distintas
Casi todo esto fue peste bubónica. Pero algunos (los peores brotes) fueron peste neumónica. Y aquí me pongo la bata un segundo porque la gente se lía: no son dos enfermedades. Es la misma (la bacteria Yersinia pestis) jugando a dos juegos distintos.
La bubónica es la de las películas. Pulga pica a rata. Pulga pica a humano. La bacteria viaja por tu sistema linfático hasta el primer ganglio, se multiplica y lo revienta (el famoso bubón en la ingle o axila). Mortalidad sin tratamiento: de 30% a 75%. Te mata en una semana.
La neumónica es el modo pesadilla. La bacteria llega al pulmón. A partir de ahí, ya no hace falta pulga. Cada vez que toses, escupes un aerosol cargado de Yersinia. El pringado de enfrente lo aspira y en tres días está tosiendo sangre. Mortalidad sin antibióticos 100%.
Durante siglos, los historiadores europeos no entendían por qué la peste corría tan rápido en invierno, cuando las pulgas hibernan. No eran las pulgas. Eran los aerosoles humanos.
Ibn al-Jatib no sabía qué era la Yersinia, pero vio el patrón. Vio que nos contagiábamos entre nosotros. Y lo mataron por bocazas.
Ibn Jatima de Almería: el otro crack andalusí
Pero es que Ibn al-Jatib no era un francotirador solitario.
A 150 kilómetros, en Almería, otro tipo llamado Ahmad ibn Alí ibn Jatima publicó en ese mismo año (1349) otro tratado clínico. Él era médico de trinchera, de estar a pie de cama. Y en su libro, 600 años antes del microscopio, ¡diferencia entre la peste “seca” (bubónica) y la de “expectoración sanguinolenta” (neumónica)! Y llega a la misma conclusión: esto se pega.
Si Ibn al-Jatib se hubiera paseado por los platós de televisión en marzo de 2020, viendo a la peña debatir si el COVID iba por el aire o si había que hacer cuarentenas en los aeropuertos, le habría dado un ictus.
Habría reconocido a los negacionistas de manual. Habría visto a los charlatanes que venden “equilibrio energético” (los herederos de los astrólogos de París). Y sobre todo, habría reconocido a los científicos y sanitarios valientes a los que el sistema intentó silenciar para mantener la “calma institucional”.
Y ojo, que Yersinia pestis sigue aquí. En Estados Unidos (con sus ardillitas en Yosemite) hay casos cada año. Y agárrate a la silla: en 2017, Madagascar tuvo un brote de peste con 2.384 casos confirmados en cuatro meses. El 77% fueron neumónicos. En el siglo XXI. Con antibióticos.
Así que volvemos a Fez, al cuerpo del genio desenterrado y quemado por chusma ignorante. Al visir que prefirió la soga a callarse. No nos hacía falta Pasteur. No necesitábamos esperar al siglo XIX.
La pregunta no es por qué tardamos quinientos años en redescubrir lo que Ibn al-Jatib ya había dejado por escrito.
La pregunta es cuánto vamos a tardar en quemar al siguiente.
Fuentes
Ibn al-Jatib, Ibn Jatima
Dols, Michael W. The Black Death in the Middle East. Princeton: Princeton University Press, 1977. https://press.princeton.edu/books/paperback/9780691021034/the-black-death-in-the-middle-east
Stearns, Justin K. Infectious Ideas: Contagion in Premodern Islamic and Christian Thought in the Western Mediterranean. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2011. https://www.press.jhu.edu/books/title/9975/infectious-ideas
Vernet, Juan. Lo que Europa debe al Islam de España. Barcelona: El Acantilado, 1999 (ed. revisada 2006). https://www.acantilado.es/catalogo/lo-que-europa-debe-al-islam-de-espana/
Prentice, M.B., Rahalison, L. “Plague.” The Lancet 369, no. 9568 (2007): 1196-1207. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(07)60566-2 Dato clave: revisión moderna de referencia sobre el manejo clínico actual de la peste en cualquiera de sus formas.
La peste actual
Organización Mundial de la Salud. Plague — Fact Sheet. OMS, última actualización 2022. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/plague Dato: cifras oficiales de casos de peste en el mundo, con datos del brote neumónico de Madagascar en 2017 (2.384 casos confirmados, 77% neumónicos).
Randremanana, R. et al. “Epidemiological characteristics of an urban plague epidemic in Madagascar, August-November, 2017: an outbreak report.” The Lancet Infectious Diseases 19, no. 5 (2019): 537-545. https://doi.org/10.1016/S1473-3099(18)30730-8
Nota de la autora
Todo esto está basado en fuentes históricas y médicas reales. Las citas de Ibn al-Jatib están traducidas desde la edición inglesa de Michael W. Dols, es la primera fuente.



Excelente, gracias.
Y si, la necedad también se contagia por "mal aria".
Habría que terminar con la atmósfera...
Muy bueno.