No somos víctimas. Nunca lo hemos sido
este 8 de marzo me gustaría que recordáramos: las mujeres que ya estaban ahí, hace siglos, sin pancarta
Toledo, 1580.
Una mujer llamada Elena de Céspedes entra en la sala donde la esperan los médicos del Protomedicato de Castilla. Son los que firman las licencias de cirujano en el reino de Felipe II. Señores de negro, con sus títulos de Salamanca colgados en la pared y esa expresión de funcionario con poder que no ha cambiado en cinco siglos.
Viene a examinarse.
Lleva años operando. Ha atendido heridas de guerra, ha cerrado abdómenes, ha tratado fracturas en hospitales del reino. Sus pacientes la buscan expresamente.
Los médicos del Protomedicato la examinan. Y la aprueban.
Elena de Céspedes recibe su licencia oficial de cirujana. Es, que sepamos, la primera mujer con ese título oficial en la historia del mundo. No en Europa. En el mundo.
Había nacido esclava, hija de una mujer esclavizada en Alhama de Granada, sin apellido propio, sin tierras, sin nada que el mundo de su época considerara que valía algo.
Y se convirtió en la primera cirujana del mundo.
En España. Hace cuatrocientos cincuenta años.
El día que alguien me contó esto, estaba yo en el quirófano. Entre caso y caso. Con el delantal de plomo por la escopia, el café frío en la esquina. Pensé:
nadie me enseñó esto en la carrera.
Y eso es exactamente el problema del que quiero hablar hoy.
Pero la historia no acaba aquí.
Porque hay un relato que cada 8 de marzo se amplifica hasta el ensordecimiento: el de la mujer como víctima perpetua de una historia diseñada para aplastarla.
Y ese relato, además de incompleto, nos hace daño.
¡OJO! No porque el sexismo no exista. Lo veo en la diferencia de trato en ciertas consultas o en cómo los pacientes se sorprenden por tener una cirujana joven y mujer.
Pero hay una diferencia enorme entre reconocer un obstáculo y construir tu identidad alrededor de él. Y hay una narrativa que lleva décadas confundiendo las dos cosas.
El victimismo tiene mercado. Un mercado muy bien engrasado.
Libros de autoayuda para mujeres a 19,99 euros. Cursos de liderazgo femenino a 1.200 euros más IVA. Cuentas con millones de seguidoras que cada mañana te recuerdan cuántas veces al día eres oprimida, en formato carrusel y con tipografía bonita. Documentales de plataformas de streaming que te explican, con música emocionante y locución en susurros, que toda la historia es una conspiración diseñada para borrarte.
Y un 8 de marzo institucional con un mensaje que si lo pones en una frase, es este:
las mujeres somos frágiles, estamos en peligro permanente, necesitamos protección, y el primer paso es que todo el mundo sepa cuánto hemos sufrido.
Es coherente y tiene audiencia.
Un negocio que le va bien a todos, excepto al problema que dice resolver.
Tiene un problema de fondo más serio: borra a todas las mujeres que durante siglos no esperaron a que el mundo fuera justo para hacer lo que tenían que hacer. Y eso es la mayor injusticia posible con la historia real de las mujeres.
La medievalista Theresa Earenfight, de la Seattle University y una de las mayores especialistas en las monarquías ibéricas, lleva décadas estudiando algo que los libros de historia convencional tratan como nota a pie de página: el ejercicio real del poder por parte de las reinas medievales hispánicas.
Su tesis es incómoda para el relato victimista.
Las mujeres con poder en la España medieval no eran decorado de sus maridos. Muchas gobernaban, administraban, tomaban decisiones militares y diplomáticas, y lo hacían con la misma brutalidad pragmática que cualquier rey de la época. No porque el mundo fuera un paraíso feminista (era una época brutal para casi todo el mundo), sino porque las mujeres con poder siempre encontraron la forma de ejercerlo.
La historia que las borra no empezó en la Edad Media.
Empezó después, cuando alguien decidió qué merecía ser contado y qué podía desaparecer sin que nadie protestara demasiado.
La mayor violencia contra las mujeres históricas no fue la que sufrieron en vida. Fue la invisibilidad que les impusimos después de muertas
Sólo algunos nombres, por dar contexto.
Urraca I de León y Castilla, 1079–1126.
Cuando murió su padre Alfonso VI en 1109, los nobles y obispos del reino le explicaron a Urraca que necesitaba un marido fuerte que la gobernara. Urraca se casó con Alfonso I de Aragón. Fue un desastre. Alfonso intentó anexionarse Castilla. Urraca lo repudió, formó sus propias alianzas militares, lo combatió directamente, y gobernó el reino durante diecisiete años más.
Primera reina reinante de un reino mayor de la Europa occidental. Con plenos poderes. Hasta el final.
Isabel I de Castilla, 1451–1504.
Cuando Cristóbal Colón fue a buscar financiación para su viaje, fue a Isabel. Fernando de Aragón era su marido, sí. Pero los reinos eran independientes. Los embajadores extranjeros de la época lo dejaron escrito en sus despachos con toda la claridad del mundo: Fernando era el rey de Aragón; Isabel era quien mandaba en Castilla.
Nadie fue a hablar con Fernando de las Indias.
Además de financiar el mayor viaje de exploración de la historia, Isabel reformó la administración del reino, creó la Santa Hermandad como cuerpo de seguridad, reorganizó el ejército y negoció la incorporación de Granada y Navarra. Todo simultáneamente. Sin ordenador. Sin equipo de comunicación. Sin asistente.
María Pacheco, 1497–1531.
Cuando ejecutaron a su marido Juan de Padilla tras la derrota de los Comuneros en 1521, la historia oficial da la revuelta por terminada. La historia real es diferente. María Pacheco continuó la resistencia armada en Toledo durante meses. Ella sola. Dirigiendo la defensa de la ciudad, negociando con aliados, tomando decisiones militares.
Hasta que tuvo que huir a Portugal, donde murió diez años después sin retractarse de nada.
Beatriz Galindo, “La Latina”, 1465–1534.
La próxima vez que salgas de cañas en el barrio de La Latina, en Madrid, acuérdate de ella.
Beatriz Galindo nació en Salamanca. Estudió latín con tanta obsesión desde niña que la apodaron “La Latina”. Se convirtió en profesora de latín en la Universidad de Salamanca (en el siglo XV, en una universidad que era exclusivamente de hombres) y terminó siendo la preceptora personal de Isabel I de Castilla.
La mujer más poderosa de Europa aprendía latín con otra mujer.
Beatriz escribió comentarios a Aristóteles. Escribió poesía. Cuando Isabel murió, fundó en Madrid el Hospital de La Latina y un convento. Y dejó su apodo grabado en un barrio entero de la capital, donde cada fin de semana cientos de miles de personas toman cañas sin saber que están pisando el legado de una filóloga del siglo XV.
El barrio de La Latina se llama así por una mujer que estudió hasta que nadie pudo ignorarla. Sin pancarta.
Como traumatóloga, trabajo con huesos. Cuando se rompen y no se tratan correctamente: intentan repararse solos. A veces crecen torcidos, con callos mal formados, con limitaciones que durarán toda la vida.
El relato oficial de la historia de las mujeres se rompió. Y creció torcido.
No porque las mujeres no estuviéramos ahí. Centenares de médicas, científicas, estrategas, arquitectas, navegantes, que no conocemos porque alguien eligió, siglo tras siglo, no incluirnos en el relato oficial.
Esa elección tiene consecuencias hoy. Más del 85% de las estatuas en las ciudades españolas representan a hombres. En varias capitales, el porcentaje supera el 90%.
Eso no significa que las mujeres no existieramos.
Significa que alguien eligió no recordarnos. Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas. El relato victimista nos confunde constantemente, y al confundirnos reproduce exactamente el error que dice combatir: trata a las mujeres como si su historia empezara en el momento en que alguien se dignó a escribirla.
Y ahora la opinión por la que me cancelarán y lloverán críticas.
Mientras lees esto, hay mujeres en Irán que pueden ser arrestadas por quitarse el pañuelo de la cabeza. Mahsa Amini tenía 22 años cuando la detuvieron en septiembre de 2022 por llevar el velo mal puesto. Murió bajo custodia policial. Las mujeres iraníes que salieron después a protestar (con el pelo al viento, gritando Mujer, Vida, Libertad) han sido encarceladas, torturadas y ejecutadas.
Mientras nosotras debatimos en redes.
Al mismo tiempo, el feminismo de exportación anglosajona (el de los campus universitarios de las élites, el de los TED talks con aplausos de pie, el de los influencers que te venden el kit de la mujer empoderada) nos propone que las mujeres en España somos víctimas de una opresión sistémica comparable.
Eso no es feminismo. Es un negocio. Y comprarlo sin cuestionarlo es una falta de respeto a las mujeres que de verdad no tienen salida.
Las españolas vivimos en uno de los países más privilegiados del mundo para ser mujer.
Tenemos acceso a educación, a sanidad universal, a tribunales. Ganamos oposiciones, dirigimos empresas, operamos en quirófanos (yo misma, cada semana), gobernamos comunidades autónomas, presidimos tribunales constitucionales.
¿Que hay brechas? Las hay, y hay que seguir trabajando en ellas. ¿Que hay machismo? Lo hay, y me molesta, y lo combato cuando lo encuentro. Pero confundir lo que vivimos nosotras con la opresión de las mujeres iraníes, afganas, o de países donde una mujer no puede estudiar, ni trabajar, ni quitarse un trozo de tela sin que eso le cueste la libertad o la vida, es un ejercicio de narcisismo que nos hace quedar muy mal.
Y copiar acríticamente el relato victimista fabricado en los campus anglosajones (con su historia específica, sus contextos y sus traumas, que no son los nuestros) es tirar por la borda seiscientos años de mujeres españolas que construyeron, gobernaron, operaron y enseñaron.
Las mujeres españolas no necesitamos que una colección de influencers y de políticos nos digan lo que podemos y no podemos hacer.
Tenemos a Urraca, que repudió a un rey y gobernó diecisiete años sola. Tenemos a Isabel, que financió el viaje que cambió el mapa del mundo. Tenemos a Elena de Céspedes, primera cirujana oficial de la historia, nacida esclava. Tenemos a María Pacheco, que continuó una guerra civil después de que ejecutaran a su marido. Y tenemos a Beatriz Galindo, que enseñó latín a la reina más poderosa de Europa y cuyo apodo lleva tatuado un barrio entero de Madrid desde hace cinco siglos.
Y tenemos además una responsabilidad que no nombramos suficiente: la de ser el espejo donde puedan mirarse las mujeres que no tienen lo que nosotras tenemos.
Las que están en sistemas que las aplastan de verdad. Las que no pueden ir a la universidad, ni abrir un negocio, ni quitarse un pañuelo sin que eso les cueste la vida. Para ellas, el mejor argumento que podemos dar no es una pancarta.
Es demostrar de lo que somos capaces. Un día detrás de otro. En el quirófano, en el laboratorio, en el despacho, en el aula, en cualquier sitio donde haya trabajo que hacer y alguien que crea que no podemos hacerlo.
Los caminos no se abren llorando desde uno de los países más privilegiados del mundo. Se abren caminando. Y el barrio de La Latina lleva cinco siglos esperando que alguien lo recuerde. Pues ya está.
¿Qué mujer de la historia española crees que debería ser más conocida?
Fuentes
La primera cirujana, Elena de Céspedes (1546-1588) https://mujeresconciencia.com/2016/12/16/la-primera-cirujana-elena-cespedes-1546-1588/
Elena/o de Céspedes, o cómo la realidad supera a la ficción https://www.alhama.com/digital/alhama/reportajes/1329-elenao-de-cedes-o-cla-realidad-supera-a-la-ficci
Elena de Céspedes - Centro de Información Documental de Archivos | Ministerio de Cultura https://www.cultura.gob.es/cultura/areas/archivos/mc/centros/cida/4-difusion-cooperacion/4-1-guias-de-lectura/homenaje-personal-sanitario/elena-cespedes.html
Mujeres en el quirófano: aportes al desarrollo de la cirugía https://contenidos.cirugiaargentina.com/blog/mujeres-en-el-quirofano-aportes-al-desarrollo-de-la-cirugia
Urraca I de León - Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Urraca_I_de_Le%C3%B3n
Isabel I de Castilla - Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Isabel_I_de_Castilla
María Pacheco - Wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Pacheco
María Pacheco, la última rebelde de los comuneros - El Español https://www.elespanol.com/mujer/mujeres-historia/20200428/maria-pacheco-rebelde-comuneros-historia-olvidada-castilla/485702476_0.html
Beatriz Galindo, una mujer humanista en la corte de Isabel la Católica - The Objectivehttps://theobjective.com/cultura/2024-04-13/beatriz-galindo-latina-isabel-catolica/
La salmantina Beatriz Galindo, apodada La Latina - La Crónica de Salamanca https://lacronicadesalamanca.com/328939-la-salmantina-que-da-nombre-a-un-barrio-de-madrid/
De lingua real a patrona de los pobres, Beatriz Galindo - Hazte de La Latina https://haztedelalatina.com/beatriz-galindo-la-latina/
Death of Mahsa Amini - Wikipedia https://en.wikipedia.org/wiki/Death_of_Mahsa_Amini
Iran protests: The video I dared film from inside Isfahan https://www.bbc.com/news/world-middle-east-63291136
Nota de la autora: este artículo es una perspectiva personal, no un manifiesto político. Hay muchas formas válidas de entender el feminismo, y me interesa el debate honesto más que la unanimidad cómoda. Si tienes datos que contradicen lo que he escrito, estoy en los comentarios.



Gracias por un artículo argumentado y fundamentado en escritos. Este artículo nos lleva al equilibrio en el que la excelencia es patrimonio de la persona y no del sexo. Muchas gracias!
Suscribo cada una de las ideas de este post. No solo españolas, mujeres de todo el mundo, en distintas épocas, guerreras, curiosas, inventoras, estrategas, artistas, que se sobrepusieron a épocas objetivamente opresivas del pasado. En Suramérica hay varios nombres: Teresa de la Parra, Teresa Carreño (Venezuela), Manuela Sáenz, Manuela Cañizares (Ecuador), La Malinche (México), Juana Azurduy (Bolivia). Hay una iniciativa vasca muy interesante que recoge el legado de mujeres científicas del mundo, que siempre me deja impresionada, se llama: "Mujeres con Ciencia".