No era inmortal, pero su cáncer sí
La historia que se esconde sobre las células que están dentro de cada laboratorio del mundo.
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Octubre de 1966. Una sala de conferencias en Bedford Springs (Pensilvania). Un genetista de la Universidad de Washington llamado Stanley Gartler se pone de pie frente a los auténticos popes de la biología molecular. El tipo llevaba meses destripando las dieciocho líneas celulares humanas más famosas y usadas en los laboratorios de medio planeta. Las joyas de la corona. Las que llevaban años escupiendo papers a cascoporro en revistas como Nature, Science o Cell.
Los laboratorios las etiquetaban con todo el orgullo y mimo del mundo: que si “células de hígado”, que si “células de mama”, que si “próstata” o “pulmón”.
Pues sorpresa, colegas. Las dieciocho eran exactamente la misma cosa. Las dieciocho eran HeLa.
Todas y cada una de esas muestras venían del cuello del útero de una mujer afroamericana que llevaba quince años en una tumba sin nombre en Clover, Virginia. Una mujer de la que nadie en esa sala de estirados había oído hablar en su puñetera vida. Y, por supuesto, una mujer a la que nadie le pidió permiso para montarse este circo biológico.
Se llamaba Henrietta Lacks. Trabajaba recogiendo tabaco. Tenía cinco hijos. Murió desangrada el 4 de octubre de 1951 en la sala “para personas de color” (manda narices) del Hospital Johns Hopkins de Baltimore. Tenía 31 años y un cáncer de cérvix que se la comió por dentro con tanta mala baba y velocidad que los propios oncólogos del hospital admitieron que jamás habían visto algo tan bestia.
Pero sus células pasaron olímpicamente de morirse.
Para 1966, las células de Henrietta estaban en cada laboratorio del mundo. Y lo que nadie en esa sala de Bedford sabía (pero que a Gartler ya le estaba haciendo saltar las alarmas) es que esas células tampoco eran exactamente humanas ya. Habían mutado. Se habían reescrito el código a sí mismas. Estaban en pleno proceso de convertirse en algo completamente distinto.
Si llevas un tiempo por aquí, ya sabes que probablemente soy la única traumatóloga que va a usar el espacio que me regalas en tu newsletter para darte la turra con un caso de medicina interna del siglo pasado. Pero hazme caso y ponte cómodo, porque la historia de hoy es mucho más salvaje, oscura y rara de lo que te han vendido.
¿Por qué un puñado de células sacadas de una mujer que murió hace 75 años sigue de fiesta, mientras que tu flamante hígado tiene fecha de caducidad?
¿Cómo narices puede ser que un cáncer letal y ultraviolento haya curado más enfermedades que cualquier eminencia con bata que haya pisado un quirófano?
¿Por qué hay biólogos de primerísimo nivel proponiendo que esas células ya no son humanas, sino una maldita especie nueva?
La historia que SÍ te han contado (y por qué es solo la puntita del iceberg)
Ya te sabes el culebrón. Si has visto la peli de HBO con Oprah Winfrey, si has leído a Rebecca Skloot o si te has asomado a cualquier debate de bioética que se precie, esta parte te suena.
Te lo cuento en cero coma, por si no es el caso: en 1951, un médico llamado George Gey en el Johns Hopkins le arrancó un cacho de tumor del cérvix a Henrietta.
¿Permiso? Cero. Era una mujer negra y pobre en los años 50, ¿a quién narices le importaba el consentimiento? Gey se llevó el trozo a su laboratorio pensando que las células morirían en una semana, como le había pasado con todas las demás. Pero qué va. Las malditas se duplicaban cada 24 horas. Boom. Las primeras células humanas que aprendían a vivir fuera de un cuerpo.
Gey, sintiéndose el amo, las regaló por ahí. Gratis total. Las metía en sobres, se las mandaba a sus colegas y salía en la tele fardando de ellas como quien enseña un cromo raro. Las bautizó como HeLa (He de Henrietta, La de Lacks). Aunque cuando la prensa preguntaba, el tío soltaba que se llamaban Helen Lane o Helen Larson para “proteger la privacidad de la familia”. Una privacidad que él mismo se había pasado por el forro... ejem
Mientras, los hijos de Henrietta crecían en Baltimore sin tener ni repajolera idea. Se enteraron en 1973, veintidós años después, cuando un investigador random les llamó para pedirles sangre:
Oye, que queremos comparar vuestro ADN con el de las células de vuestra madre
Imagina el panorama. Tu madre lleva más de dos décadas bajo tierra y te llama un pavo con bata para soltarte, como quien comenta el tiempo, que ah, por cierto, tenemos a tu madre viva en un congelador.
La familia no vio un duro mientras las biotecnológicas se forraban vendiendo HeLa por miles de millones. Hasta 2023 no rascaron un acuerdo confidencial con Thermo Fisher Scientific. Setenta y dos añazos después.
Vale, esa es la parte famosa. Todo eso es verdad y es importante.
Pero es solo el aperitivo.
Porque la pregunta que nadie se hace es:
¿Qué narices tenía esa mujer, que no haya tenido ningún otro ser humano en la historia?
El pacto con el diablo: por qué HeLa se niega a palmarla
La biología de esto es la madre del cordero.
Tus células tienen un contador. Una obsolescencia programada. Cada vez que se dividen, los extremos de tus cromosomas (los famosos telómeros) se acortan un poco. Piensa en el plástico de la punta de los cordones de tus zapatillas: de tanto usarlo, se deshilacha. Cuando los telómeros se quedan en las últimas, la célula entra en senescencia. Se jubila. Se muere.
Es el llamado Límite de Hayflick: unas cincuenta divisiones y sayonara, baby.
Por eso envejeces. Por eso te salen arrugas. Por eso un órgano trasplantado no te dura tres vidas. Y por eso mismo, mientras lees esta frase, millones de tus células están echando la persiana para siempre.
Y menos mal. Tus células mueren porque tu cuerpo tiene un pacto sagrado anti-cáncer. Una célula que se niega a morir es una célula que, tarde o temprano, se vuelve tarada. Y una célula tarada es un tumor.
Las células de Henrietta… se limpiaron las nalgas con ese pacto.
¿Cómo? Agárrate que vienen curvas.
Henrietta pilló el Virus del Papiloma Humano (VPH) tipo 18. Sí, el mismo bicho contra el que hoy vacunamos a los críos. Pues bien, el VPH-18 de Henrietta no se limitó a quedarse en su cérvix de okupa. Se metió hasta la cocina. Se coló literalmente en el ADN de sus células y, al hacerlo, le dio a un interruptor por error: activó el gen de la telomerasa.
La telomerasa es la enzima que reconstruye los telómeros. Magia pura. Esta enzima está a tope cuando somos embriones (porque hay que dividirse a saco para crear un bebé), pero luego se apaga en casi todo tu cuerpo adulto porque dejarla encendida es jugar a la ruleta rusa con el cáncer.
En las células de Henrietta, ese interruptor se quedó atascado en “ON” para siempre.
Pero espera, que hay más. A ese “modo Dios” de la telomerasa se le sumó otra avería gorda: el cromosoma 11 de las células HeLa estaba reventado justo donde aparca el gen p53. Este gen es el “guardián del genoma”, el segurata que obliga a una célula defectuosa a suicidarse antes de liarla parda.
Resumen del cóctel: sin el segurata p53 (sin frenos), con la telomerasa a tope (con el acelerador pisado a fondo) y con un genoma barajándose como el mejor crupier de Las Vegas, las células HeLa se convirtieron en la bestia que son hoy. Un cáncer pluscuamperfecto, insaciable, que solo necesita un caldito nutritivo, un poco de calor y oxígeno para multiplicarse hasta el infinito y más allá.
Tienen entre 76 y 82 cromosomas. Tú tienes 46. Para que flipes: las células HeLa tienen casi el doble de cromosomas que tú.
Para qué demonios han servido (cosas que existen gracias a Henrietta)
Esto es lo que normalmente se queda en el tintero, y te aviso de que marea. Piensa en cualquier avance médico gordo que te venga a la cabeza y es muy probable que Henrietta ande por ahí.
Todo empezó en 1952. Jonas Salk estaba desesperado porque necesitaba probar su vacuna de la polio a escala masiva y no tenía dónde cultivar el virus en condiciones. Resultó que las células HeLa se tragaban el virus sin desintegrarse al instante y, encima, se cultivaban a nivel industrial con una facilidad pasmosa. ¿Qué hicieron? Montar la primera “fábrica” de células del mundo en Tuskegee (en una universidad históricamente afroamericana, para que la ironía fuera completa) y sacaron miles de millones de células al mes. La polio se erradicó de EE. UU. en nada. Así que sí, si tu abuelo no cojea por la polio, se lo debe en parte al tumor de una recolectora de tabaco.
Y la cosa solo acababa de arrancar. En los años 60, los pioneros de la fecundación in vitro practicaron hasta la saciedad con HeLa para entender cómo se dividían las células antes de atreverse a tocar un embrión humano real.
Casi al mismo tiempo, en plena Guerra Fría, los soviéticos metieron a Henrietta en el Sputnik 2. Antes que a la perra Laika. Querían ver si las células aguantaban la microgravedad, y vaya si aguantaron: en el espacio se dividían con más rapidez todavía.
Si damos un salto a los 70 y 80, descubrimos que los mapas del genoma humano no habrían despegado sin usar a HeLa como caballo de batalla en los laboratorios. Y cuando estalló la crisis del VIH, tipos como Robert Gallo aislaron el virus y probaron la mitad de los primeros antirretrovirales en derivados de estas células.
Pero si me preguntas cuál es el dato que me rompe el alma, es el de la vacuna del VPH en 1984. Harald zur Hausen demostró que el virus del papiloma causaba el cáncer de cérvix usando las mismísimas células HeLa. Es decir, la vacuna que hoy le ponemos a las chavalas para que no mueran como Henrietta, se diseñó destripando al mismísimo asesino que la mató a ella. Es de una poesía macabra brutal. Suma a todo esto las pruebas de las vacunas del COVID (Pfizer, Moderna), más de 110.000 artículos científicos, 17.000 patentes y toneladas físicas de células repartidas por la Tierra.
Si algún iluminado en una cena te suelta que la ciencia básica es un despilfarro, cuéntale la historia de este tumor.
El cierre inesperado: Helacyton gartleri
Vuelvo a Stanley Gartler, nuestro genetista del congreso en Bedford Springs. Lo que el tipo destapó en 1966 no era un simple problema de etiquetas confundidas en los congeladores. Era el guion de La Invasión de los Ultracuerpos.
Las células HeLa son tan agresivas, glotonas y brutas que basta con que una sola de ellas caiga por error en un vial donde se cultivan otras células para que arrase con todo. Se las come, las desplaza, las sustituye. En cuestión de meses, un cultivo finísimo de “células de mama” se había transformado en pura y dura HeLa sin que el de la bata blanca se coscara.
Durante décadas, cientos de papers científicos se publicaron creyendo estudiar un cáncer específico, cuando en realidad estaban estudiando células de Henrietta contaminando la placa. Un investigador llamado Walter Nelson-Rees se inmoló profesionalmente en los años 70 publicando la lista de los laboratorios contaminados. Le costó la carrera, porque nadie en el gremio quería admitir que llevaban años haciendo el canelo.
Pero hay un nivel de locura superior. En 1991, un biólogo evolutivo llamado Leigh Van Valen soltó una propuesta tan salvaje que la comunidad científica miró para otro lado. Dijo algo muy simple
Las HeLa ya no son humanas.
Tienen su propio genoma deforme y estable, se reproducen solas y se han adaptado de lujo a su nuevo hábitat (las placas de Petri y las incubadoras de los laboratorios). Cumplen todas las reglas de la biología para ser consideradas una especie nueva.
Van Valen hasta les puso nombre: Helacyton gartleri.
Oficialmente nunca le compraron la idea, pero no porque sus argumentos fueran científicamente malos. Fue por puro vértigo. Tomarse esto en serio implicaba aceptar que un cáncer humano había evolucionado en los laboratorios hasta convertirse en un organismo unicelular autónomo, una especie global que pesa toneladas, y que antes de todo eso, fue una madre de Virginia. Parece ciencia ficción, pero está publicado en revistas indexadas.
El toque castizo: Severo Ochoa, Margarita Salas y la ciencia que no tiene precio
Mientras los gringos se peleaban por ver si HeLa era patrimonio nacional o una máquina de hacer billetes, los españoles estábamos a otras cosas. Con menos glamour, pero con mucha miga.
Severo Ochoa, nuestro Nobel, investigaba en Nueva York usando técnicas que solo existían gracias al caos controlado de HeLa. En 1967, una de sus discípulas predilectas, la grandísima Margarita Salas, se volvió a España con la libreta llena de protocolos y montó de la nada la biología molecular española en el CSIC. Dinero público, infraestructura pública, sudor público.
Salas descubrió una enzima (la polimerasa del fago phi29) que hoy es vital para multiplicar ADN en cantidades ínfimas, algo clave para analizar genomas de tumores actuales. Esa patente ha sido la más rentable de la historia de la ciencia española. ¿La diferencia con EE. UU.? Que esos royalties no fueron a los bolsillos de un directivo de traje mientras la familia de Salas miraba las musarañas. Fueron directamente a financiar el sistema público de investigación.
Y esto es lo que hace que en España el “caso Lacks” sea casi imposible. No porque seamos seres de luz moralmente intachables, sino por pura inercia institucional. Hoy, si te quitan un tumor en La Paz o en el Clínic, y un cacho va para investigación, pasas por un consentimiento informado, un comité de bioética, la ley de protección de datos y el paraguas del sistema público. Todo queda en casa.
En Estados Unidos, la familia Lacks se pasó 72 años esperando a que una multinacional se dignara a soltar un cheque. Aquí tenemos nuestros fallos, somos lentos e imperfectos, pero nuestro sistema está diseñado para que nadie tenga que pagar con su cuerpo el peaje para que una farmacéutica se haga de oro a sus espaldas.
Lo que cambia ahora que sabes esto
Hoy, mientras te tomas el café, hay un trozo de esta mujer en una incubadora en Barcelona, en Pamplona o en Madrid, dividiéndose en silencio. Ayudando a curar a pacientes que jamás sabrán quién fue.
PERO si has estudiado biología, si te has tratado un cáncer, si tienes un hijo vacunado del VPH, si has ido a una clínica de fertilidad: tienes una conexión personal con esta historia.
Fuentes
Henrietta Lacks
Skloot, R. The Immortal Life of Henrietta Lacks. Crown, 2010. https://rebeccaskloot.com/the-immortal-life/
Nature Editorial. “Henrietta Lacks: science must right a historical wrong.” Nature. 2020;585:7. https://www.nature.com/articles/d41586-020-02494-z
National Institutes of Health. “Significant Research Advances Enabled by HeLa Cells.” https://osp.od.nih.gov/scientific-sharing/hela-cells-timeline/
La biología de las células HeLa: por qué son inmortales
Adey, A. et al. “The haplotype-resolved genome and epigenome of the aneuploid HeLa cancer cell line.” Nature. 2013;500(7461):207-211. https://www.nature.com/articles/nature12064
Landry, J. J. et al. “The genomic and transcriptomic landscape of a HeLa cell line.” G3 (Bethesda). 2013;3(8):1213-24.
https://academic.oup.com/g3journal/article/3/8/1213/6028533
La contaminación de HeLa y la propuesta de nueva especie
Van Valen, L.M. y Maiorana, V.C. “HeLa, a new microbial species.” Evolutionary Theory. 1991;10:71-74. https://www.eeb.uchicago.edu/people/van-valen/
Lucey, B.P., Nelson-Rees, W.A. y Hutchins, G.M. “Henrietta Lacks, HeLa cells, and cell culture contamination.” Archives of Pathology & Laboratory Medicine. 2009;133(9):1463-67. https://meridian.allenpress.com/aplm/article/133/9/1463/460475/
Aplicaciones de HeLa en medicina
Lefkowitz, R.B. et al. “Voluntary Use of HeLa Cell-Derived Materials in COVID-19 Vaccine Development.”
https://www.nih.gov/about-nih/who-we-are/nih-director/statements/
Bioética y derechos
Beskow, L.M. “Lessons from HeLa cells: the ethics and policy of biospecimens.” Annual Review of Genomics and Human Genetics. 2016;17:395-417.
https://www.annualreviews.org/doi/10.1146/annurev-genom-083115-022536
Margarita Salas
CSIC. “Margarita Salas y la patente más rentable del CSIC. https://www.csic.es/es/actualidad-del-csic/




Podrán esas células orientarse algún dia para evitar o ralentizar el envejecimiento humano?
Gracias por esta compilacion y magistralmente descrita. Solicito autorización para utilizar este informativo para las escuelas de Medicina de mi Pais por lo pronto. Gracias infinitas desde Oaxaca Oaxaca México.