Los pasajeros del crucero MV Hondius desembarcando en Tenerife
Trescientos sesenta años y seguimos sin entendernos
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En septiembre de 1665, el sastre George Viccars abrió un paquete de tela traído desde Londres en un pueblo perdido del Peak District inglés llamado Eyam. La tela venía húmeda. La tendió cerca del fuego para que se secara antes de cortarla. En el paquete viajaban pulgas. En las pulgas viajaba la peste.
Viccars murió en una semana.
Para diciembre habían muerto 42 vecinos. La gente del pueblo empezó a hacer las maletas para huir hacia Sheffield, Manchester, o cualquier ciudad alejada del foco. Y entonces el reverendo William Mompesson, junto con el viejo predicador puritano Thomas Stanley, hizo algo que nadie había pedido. Reunieron al pueblo en la iglesia y les pidieron que se encerraran. Que ningún vecino saliera de Eyam. Que ningún forastero entrara.
Establecieron una piedra en las afueras donde dejar comida y monedas hervidas en vinagre. Las familias cavaron sus propias tumbas y enterraron a sus muertos con sus propias manos porque ya no quedaban sepultureros.
Catherine Mompesson, la mujer del reverendo, murió en agosto del año siguiente. La enterró su marido.
Murieron 260 vecinos de los 800 que componían el pueblo. Una mortalidad de uno de cada tres.
Pero ningún pueblo del entorno tuvo un solo caso. La peste no salió de Eyam. El sacrificio funcionó.
Si viajas a Eyam, los nombres de los muertos siguen grabados en las casas. La piedra donde dejaban las monedas hervidas para no contagiar al granjero que les traía el queso, sigue ahí en mitad del campo, con sus hendiduras circulares.
Mientras escribo esto, los pasajeros del crucero MV Hondius están en Tenerife después de cuarenta días en el océano Atlántico, tres muertos a bordo y un brote confirmado de virus de los Andes. No van a hacer un Eyam. Van a hacer diecisiete cosas distintas según el pasaporte que lleven en el bolsillo.
Y eso, te aviso, da bastante miedo.



