Es julio de 1866 en una sala de Zurich. Un ingeniero, del tipo que se dedica a ganarse la vida estudiando puentes, se queda mirando un fémur humano. En medio de su abstracción suelta una frase que iba a cambiar la medicina (o al menos mi especialidad) para siempre.
No era médico, como decía. No había abierto un cuerpo humano para ver lo que había escond…


