La patata que nadie quiso mirar
y la hambruna que probablemente vive en tus genes
Antes de empezar, el conflicto de interés, que es NINGUNO: este espacio se sostiene solo con lo que aportan quienes se suscriben. Gracias de corazón a los que lo hacéis posible.
En 1872, un chaval de veintitrés años se encontró con algo que acababa de romper las reglas de la genética. Era una bolita verde, del tamaño de un guisante, colgando entre las hojas de una planta que, en teoría, no podía tener hijos.
Setenta años después, esa misma rareza terminaría salvando a los supervivientes de una de las hambrunas más estudiadas de Europa. ¿No tienes ni idea de lo que hablo, verdad?
Te voy a contar cómo una baya que nadie había visto conecta con lo que le pasó al cuerpo de tu bisabuela durante una guerra, y con por qué es posible que tú lleves esa huella en tus genes ahora mismo. Es epigenética. Y está más cerca de ti de lo que crees.
Yo llevo años estudiando por qué los cuerpos envejecen como envejecen. Mi tesis va sobre sarcopenia y fragilidad. Y cuanto más miras el envejecimiento, más te das cuenta de una cosa incómoda: casi nada de lo que le pasa a tu cuerpo a los setenta empieza a los setenta. Empieza mucho antes. A veces, antes incluso de que nacieras. Pero vayamos a la patata, que es donde empieza todo.
El chaval que no pisó la baya verde
Massachusetts, 1872. Luther Burbank llevaba un par de años cultivando patatas Early Rose en una granja de Lunenburg. Diecisiete acres que había comprado con la herencia de su padre, muerto cuando él tenía dieciocho. Las Early Rose, como todas las patatas, eran prácticamente estériles. No daban semilla. Se reproducían clonándose a sí mismas, generación tras generación, siempre idénticas.
Un sistema cómodo. Hasta que algo sale mal. Y mucho ojo, que algo ya había salido muy mal. Unas décadas antes, en Irlanda, un hongo (Phytophthora infestans) arrasó los campos de patata a mediados del XIX. Como todas las plantas eran genéticamente la misma, cayeron TODAS. Y con ellas, más de un millón de personas.
Burbank sabía esto. Y por eso, cuando un día, entre las hojas de sus Early Rose, ve una bolita verde que no debería estar ahí, no la pisa. La recoge. La abre. Cuenta las semillas: veintitrés.
Las planta esa misma temporada y espera, sin saber muy bien qué está esperando. Un día pierde el rastro de la plantita (literal, no la encuentra) y la busca durante días, cada vez más nervioso, hasta que aparece a seis metros de donde la había sembrado, como si se hubiera escapado.
De las veintitrés semillas, solo una da un tubérculo. Es distinto a todo lo conocido antes: piel clara, forma alargada, resistencia fuera de lo normal. Se la ofrece a un vendedor de semillas que sospecha que la ha “trucado”
demasiado buena para ser real
Al final se la compra otro comerciante, James Gregory, por ciento cincuenta dólares. Con ese dinero, Burbank se planta en California a probar suerte.
Esa patata, con el tiempo, será la variedad Russet Burbank. Hoy es la patata del McDonald’s de medio planeta, la reina absoluta de la industria patatera. Un chico de veintitrés años, mirando dos veces algo que cualquiera habría aplastado, cambió lo que come el mundo entero. Y ni siquiera llegó a enterarse del todo.
Durante décadas creímos algo que no era verdad
Durante buena parte del siglo XX, la ciencia médica dio por hecho una idea muy simple, y (sabemos ahora) muy incompleta. Tus genes son un libro escrito el día que naces. Naces, y el resto es cuestión de estilo de vida y mala suerte genética.
Nature versus nurture (naturaleza versus crianza, en inglés)
Era una idea perfecta. Si algo va mal en tu cuerpo, la culpa es de un gen que ya venía de fábrica, no de nada que se pudiera haber evitado. Solo había un problema. Los datos, cuando por fin alguien se puso a mirarlos con calma, eran otra cosa completamente distinta.
El epidemiólogo que se metió en un problema de sesenta años
El hombre que le dio la vuelta a esto se llama L. H. Lumey. Trabaja en la Universidad de Columbia, en Nueva York, y lleva desde los años noventa haciendo algo que parece de locos: perseguir el rastro biológico de un invierno que ocurrió hace ocho décadas al otro lado del Atlántico.
Ese invierno tiene nombre propio: el Hongerwinter, el invierno del hambre. Países Bajos, 1944-1945. Los nazis, como castigo por una huelga de ferroviarios que ayudaba a los aliados, cortaron el suministro de alimentos y combustible a las provincias occidentales del país. Las raciones cayeron por debajo de las 600 calorías diarias. La gente cocía bulbos de tulipán. Se comía las cortezas de los árboles. Entre dieciocho y veintidós mil personas murieron de hambre en uno de los países más ricos de Europa.
Lo que hizo especial a esta hambruna, desde el punto de vista científico, es que fue muy corta, muy delimitada en el tiempo y muy bien documentada (partos, fechas, historiales médicos, todo registrado por un sistema sanitario excelente). Eso permitió a Lumey y a su equipo hacer algo que con cualquier otra hambruna de la historia habría sido imposible: seguir durante décadas a las personas que estuvieron en el vientre de su madre exactamente durante esas semanas.
En 2008, un compañero suyo, Bastiaan Heijmans, publicó el hallazgo que lo cambió todo: las personas que habían sido concebidas durante el pico del hambre tenían, sesenta años después, una metilación distinta (menos activa) en un gen concreto llamado IGF2, comparadas con sus propios hermanos que no habían sido concebidos en ese periodo.
Hermanos. Misma familia, misma casa, prácticamente los mismos genes. La única diferencia era en qué mes exacto los había concebido su madre. Sesenta años después, esa diferencia seguía escrita en su ADN.
Lo que le hizo el hambre a los que ni siquiera habían nacido
La metilación es, básicamente, un interruptor que se pega a un gen y le dice cuánto “volumen” tiene esa instrucción concreta: si suena a todo trapo o casi en silencio. El gen sigue ahí, intacto. Lo que cambia es cuánto se le hace caso.
El IGF2 regula, entre otras cosas, el crecimiento fetal. Y lo que Lumey y su equipo demostraron es que el hambre de tu madre, en las primeras semanas de tu concepción, podía bajarle el volumen a ese gen.
Los datos que fue acumulando el Dutch Hunger Winter Families Study, con los años, no dejaron mucho margen para la duda.
Las personas concebidas en pleno hambre tuvieron, de adultas, más obesidad. Más diabetes tipo 2. Más enfermedad cardiovascular. Más esquizofrenia y depresión, sobre todo si la exposición fue en el primer trimestre.
Y sus propios hijos, los nietos de aquellas madres hambrientas, nacieron también más pequeños de lo esperado. No sabemos cuánta parte de eso es puramente epigenética y cuánta viene de otros mecanismos biológicos que aún se están investigando. La ciencia sigue trabajando. Pero el patrón, repetido en varias generaciones, es demasiado llamativo.
Una de esas niñas del Hongerwinter (aunque ya había nacido y tenía dieciséis años cuando el hambre llegó a su ciudad) se llamaba Audrey Hepburn. Pasó ese invierno en Arnhem comiendo sopa de ortigas y bulbos de tulipán. Arrastró anemia, problemas respiratorios y una salud frágil el resto de su vida.
La hambruna española
Lo que casi nadie sabe es que España tuvo su propia hambruna, en las mismas décadas, y que, según los historiadores, fue incluso peor. Entre 1939 y 1951, con dos picos especialmente duros en 1941 y 1946, se calcula que unas doscientas mil personas murieron por el hambre en la posguerra española. Las cartillas de racionamiento estuvieron vigentes durante doce años, cuatro veces más tiempo que en el resto de Europa occidental. Un estudio de la época calculó que el español medio recibía solo el 66% de las calorías que necesitaba.
Peor que Holanda en 1944. Durante más tiempo. Y prácticamente sin estudio epigenético detrás, porque durante décadas ni siquiera se habló de ello con libertad.
Lo poco que hay apunta en la misma dirección que el estudio holandés: cambios en la metilación de genes relacionados con el metabolismo de las grasas en hijos y nietos de mujeres que pasaron hambre durante el embarazo en la posguerra, con más riesgo cardiovascular asociado.
Así que si tus abuelos vivieron esos años (y en España, estadísticamente, es lo más probable) existe una posibilidad real de que parte de lo que tu cuerpo hace hoy, sin que tú tengas culpa, empezara a decidirse en 1941.
No entres en pánico
No, esto no significa que tu destino metabólico esté sellado por lo que pasó tu abuela. La epigenética no es una condena. Es la prueba de que el cuerpo es mucho más maleable de lo que nos enseñaron. Si el ambiente pudo apretar ese interruptor hace ochenta años, también puede influir ahora.
La próxima vez que tu abuela te cuente, otra vez, la misma batallita de la cartilla de racionamiento, puede que te esté explicando, sin saberlo, tu metabolismo.
Por supuesto, si esta historia te ha dejado con ganas de más, te gustará saber que le dediqué un capítulo entero a la patata en mi libro. Porque esto es solo la punta del iceberg: la patata es uno de esos alimentos aburridos, de guarnición, y de los que en realidad todavía nos queda muchísimo por aprender. Ahí cuento el resto.
Fuentes
Burbank, L. The Early Rose potato (relato del propio Burbank sobre el hallazgo de 1872, recogido en los archivos de Luther Burbank Home & Gardens). https://lutherburbank.org/about-us/luther-burbank/burbank-potato/
Heijmans, B.T., Tobi, E.W., Stein, A.D. et al. Persistent epigenetic differences associated with prenatal exposure to famine in humans. PNAS. 2008;105(44):17046-17049. https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.0806560105
«Historia del hambre en España». Wikipedia.
Nota de la autora: el vínculo entre la hambruna española y cambios epigenéticos cuenta todavía con poca investigación publicada, a diferencia del caso holandés, mucho más estudiado. Si conoces algún estudio serio sobre el tema que no haya mencionado aquí, escríbeme. Me encantaría leerlo y, si hace falta, corregir o ampliar este artículo.



Pos bien ricas que están, recopetin.. y como sigamos así, ya mismo tenemos que irnos como Matt Damon a plantarlas con nuestros excrementos a Marte.
Saludos, GRANADA 💐