Vamos a un quirófano de Madrid, en septiembre de 2024. Sobre la mesa hay una mujer de 32 años a la que le falta la pierna izquierda. La ha perdido desde debajo de la rodilla. En el hueso que le queda lleva atornillado un implante biónico. La desgracia es que ese implante lleva un año y medio infectado por una bacteria que no para de reírse de todos los antibióticos que han probado.
El cirujano limpia a fondo. Litros de suero, raspa, quita todo lo que sobra y tiene pinta de infeccioso. Pero en ese momento, antes de cerrar la herida, hace algo que no existe en ningún protocolo de mi especialidad. Coge una jeringuilla y mete un virus dentro de la herida. Lo hace a propósito y con un consentimiento informado que ha firmado la paciente. La esperanza es que esos virus se coman las bacterias que los antibióticos no pueden ni tocar.
Esos virus han viajado 600 km para llegar hasta ese quirófano. Llevan encerrados en un congelador y esperando desde mucho antes de que ella perdiera la pierna.
De dónde salió esa locura
Pero tenemos que entender que lo que sucedió en ese quirófano no es ninguna locura. Tenemos que viajar ocho años antes y más de 8000 km al oeste.
En noviembre de 2015. Tom Patterson tiene 69 años y está de crucero por el Nilo con su esposa. Es psiquiatra en la Universidad de California. Es la última noche del crucero. Imagina el panorama, cena en la cubierta a la luz de las velas, bajo las estrellas. Una hora después de acostarse empieza a vomitar y ya no es capaz de parar.
Ellos pensaron que era una intoxicación. Viajaban con ciprofloxacino en la maleta, porque cuando has tenido 1 millón de diarreas del viajero, ya te aprendes la copla. Él se tomó una pastilla y la vomitó enterita. El Luxor le dijeron que podía tener pancreatitis. Empeoró muchísimo. En ese momento un avión medicalizado lo lleva a Fráncfort y allí encontraron de verdad lo que tenía en su abdomen. Era una bolsa de líquido del tamaño de un balón de fútbol americano. Extrajeron ese líquido y lo cultivaron. Resultado:
Acinetobacter baumannii. Multirresistente.
Ojo, porque si trabajas en un hospital, ese es el peor nombre que te pueden decir. Es una mega bacteria, esa en concreto llevaba más de 40 genes de resistencia a antibióticos. En tres semanas solamente aprendió seis más. Su mujer la describe como una cleptómana. Una bacteria que no inventa resistencias, se las roba a sus vecinas. Cuando los antibióticos matan a las demás bacterias, ella ocupa el piso que dejan vacío.
Lo repatriaron a San Diego. Le hicieron un drenaje abdominal pero, la solución fue peor. El contenido de la bolsa se derramó esparció la bacteria en el peritoneo en el riñón y en el pulmón. Paciente en coma y siete shocks sépticos.
Pero la historia todavía no ha terminado. Porque aquí hace aparición su mujer, Steffanie Strathdee. Ella es epidemióloga de enfermedades infecciosas y decana, asociada de salud global en la misma facultad, donde su marido está muriendo. Sabía perfectamente el significado de que no hubiera antibióticos que usar, así que hizo algo que iba a cambiar la historia.

Se puso a leer. Encontró un tratamiento de 1917 y empezó a mandar correos a desconocidos. Le contestaron dos equipos: uno en Texas y otro de la Marina de Estados Unidos. Entre todos se pusieron a buscar en los sitios más insospechados, en colecciones de laboratorio, pero también en aguas residuales en estiércol de granja. La FDA autorizó el uso compasivo y le metieron lo que encontraron en vena.
Tres días después, Tom Patterson abrió los ojos.
Él dijo que no es como en las películas, que no es que te despiertes y te levantes de la cama. Había perdido 45 kilos, la mayoría de músculo. Salió del Hospital el 12 de agosto de 2016, nueve meses después de aquel crucero, bajo las estrellas del Nilo.
Lo que le inyectaron se llama bacteriófago.
Porque existe un virus que no tiene el más mínimo interés en ti, lo siento por tu autoestima. Lo único que sabe hacer es reconocer una bacteria, engancharse a ella, insertarle sus instrucciones y reventarla desde dentro para que produzca muchísimos más virus. Es su trabajo. Se han dedicado los últimos 3000 millones de años a eso y son la cosa más abundante del planeta.
Los entendidos del tema los llaman Bacteriófagos o lo que es lo mismo, comedores de bacterias. Son el enemigo natural de lo que nos está matando, pero lo que hizo esta mujer para salvar a su marido no tiene nada de novedad. No era un experimento. Esto llevaba cien años funcionando.
3 de septiembre de 1917
Instituto Pasteur de París. Un micro biólogo francocanadiense llamado Félix d’Hérelle ha encontrado en las heces de enfermos de disentiría algo inexplicable. Algunos pacientes se estaban curando solos. Algo invisible estaba matando las bacterias. Pero no parece cualquier cosa. Parece que incluso se multiplica, cuanyo más lo usas, más hay.
Durante los años veinte y treinta se usaron fagos por media Europa y por Estados Unidos. Eli Lilly, la farmacéutica, llegó a venderlos en frasquitos. Y luego, hacia 1945, desaparecieron de Occidente casi de golpe. De repente dejaron de ser útiles. La explicación es terrible.
Vale que d’Hérelle tenía un carácter espantoso, al menos eso dicen los que tuvieron que tratar con él. Eso no suele venir bien cuando necesitas que te acepten en círculos académicos. Pero la razon es es muchísimo más terrible que solo eso
Y tercero, la razón de verdad, la que lo explica casi todo:
Cada fago mata una bacteria concreta y sólo esa.
Me gusta imaginar el antibiótico como una escopeta. Apuntas en una dirección más o menos aproximada y lo que no cae por el disparo cae por los perdigones. El fago es muchísimo más preciso, es como un francotirador. Se pasa una hora calibrando y se acierta es completamente letal. Pero si te equivocas de blanco no pasa absolutamente nada. Lo que venía pasando es que se aplicaban pagos a pacientes y no pasaba nada. Simplemente se apuntaba en la libreta, no funciona y a otra cosa.
En 1941, la penicilina empieza a fabricarse en cantidades industriales. Es un fármaco barato que sirve para casi todas las bacterias. Es plena guerra mundial eso no sirve cura a un montón de soldados de una vez. Compáralo con un fármaco que hay que desarrollar paciente por paciente.
A la hora de olvidar los fagos, no hubo el más mínimo de debate.
Salvo en un sitio.
Entre 1918 y 1921, por el laboratorio de d’Hérelle en el Pasteur pasó un médico georgiano que se quedó absolutamente flipado con lo que vio allí. Cuando volvió a su país en 1923 fundó en Tiflis un instituto de bacteriología. Quería construir el centro mundial de la terapia con fagos.
Le salió escandalosamente bien, tanto que su mismísimo maestro d’Hérelle decidió mudarse a Georgia. Vivió allí 18 meses, le construyeron una casa. En 1935 escribió y publicó en Tiflis un libro que dedicó agradecidamente a un tal Iósif Stalin.

Pero la historia se tuerce. En la primavera de 1937 detienen al georgiano. Le acusan de espiar al ejército rojo, de vender secretos a los franceses y de sabotaje bacteriológico. También se llevan a su mujer que era cantante de ópera.
Lo ejecutan el 10 de julio de 1937. A los 45 años, declarado enemigo del pueblo. Se queman sus fotografías. Su nombre es borrado de todos los documentos. Durante 40 años ese hombre sencillamente dejó de existir. Se llamaba Giorgi Eliava. d’Hérelle ya no volvió nunca a Georgia.
Sin embargo, el instituto sobrevivió. A Stalin, a la guerra fría, a la caída de la Unión Soviética, y a lo que en occidente llamamos durante años pseudociencia rusa. Hoy lleva el nombre de Eliava, guarda una colección de unos seis mil fagos y trata a pacientes que llegan de medio mundo.
Esto no es una curiosidad histórica.
En 2021, las bacterias resistentes mataron a 1,14 millones de personas en el mundo La proyección del proyecto GRAM, publicada en The Lancet en 2024, calcula 39 millones de muertes directas entre 2025 y 2050.
Tres muertes por bacterias resistentes por minuto.
4.000 muertes al año, eso son cuatro veces las muertes por accidente de tráfico
Pero el verdadero problema de la historia no es que los fagos no curasen, es que no llegaban a tiempo. Encontrar el fago que mata exactamente tu bacteria, puede llevar semanas enteras. Tom Patterson tuvo suerte y tuvo a una epidemióloga durmiendo en su habitación de hospital. Tres semanas de búsqueda frenética coordinada entre Texas, la Marina y California.
Casi nadie tiene eso. Una sepsis no espera tres semanas, es el motivo real por el que la fagoterapia perdió contra la penicilina, y siguió siendo el motivo durante ochenta años.
Nadie lo resolvió. Simplemente dejamos de intentarlo.
Hasta el 6 de agosto de este año.
Ese día, Science publicó un trabajo de Stanford y el Arc Institute que hace algo completamente revolucionario:
escribir genomas de virus enteros desde cero, con inteligencia artificial, y que funcionen.
No son simples, inteligencias artificiales que te dan un poquito de conversación. Esta se llaman Evo 1 y Evo 2 y en vez de enseñarlas a leer texto, las han enseñado a leer ADN. Más de 15.000 genomas de una familia de virus hasta que se aprendieron la gramática. Justo después las pusieron a escribir. Se inventaron 700.000 genomas candidatos. Ninguno de ellos había existido nunca en la historia. Sintetizaron 285. Solo 16 pudieron tener vida. Esos son 16 virus que no existen en la naturaleza.

Los ponen a infectar E. coli, y hacen lo que solo los virus saben hacer. Se reproducen como locos y la revientan. Es que incluso hay algunos que son más rápidos matando que el virus de la naturaleza con el que fueron creados. Cuando los miraron al microscopio vieron uno que tenía una rama de ADN de una rama evolutiva lejanísima. La máquina no lo había copiado, había juntado cosas que la evolución nunca había pensado en acercar. Pero el resultado es lo importante.
El cóctel de esos dieciséis tumba cepas de E. coli que ya se habían hecho resistentes al virus original.
El virus que usaron de plantilla se llama ΦX174, tiene 5.386 letras de ADN y once genes. Se aisló en 1935. En las alcantarillas de París.
Ahora la ducha fría
La fagoterapia todavía no está aprobada ni en Estados Unidos ni en Europa occidental. Todo lo que estás leyendo. Aquí es uso compasivo, con permiso expreso y montañas de papeleo. Además el trabajo de Science es preclínico. Sin modelo animal, sin ensayos clínicos. Eso significa que estamos a años de investigación de poder aplicar algo de esto.
Y hay otro problema. Es verdad que los pagos no infectan células humanas, pero tu sistema inmune si es capaz de verlo y puede fabricar anticuerpos contra ellos. Lo publicó un grupo de Valencia en pacientes de fibrosis quística. Encima, cuando destruyes bacterias en gran cantidad, se libera endotoxina. Y eso puede generar muchísimos problemas en tu organismo.
El mismo día que publicó el artículo Science escribió al lado comentarios de dos expertos de bioseguridad de Johns Hopkins. Están asustados porque la ley siempre va con retraso. Piden que se excluya de cualquier entrenamiento virus, capaces de infectar a un humano, a un animal o a una planta.
Fuentes
King SH y cols., “Generative design of bacteriophages with genome language models”, Science, 6 de agosto de 2026. https://doi.org/10.1126/science.aec2657
Inglesby TV y Hanke MS, “AI-designed viral genomes”, Science, 6 de agosto de 2026. https://doi.org/10.1126/science.aej8512
Proyecto GRAM, “Global burden of bacterial antimicrobial resistance 1990–2021: a systematic analysis with forecasts to 2050”, The Lancet, 2024. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(24)01867-1
De la Villa S, Cuervo M, Domingo-Calap P y Muñoz P, “Successful phage therapy in a patient with prosthetic joint infection”, Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica, octubre de 2025. https://doi.org/10.1016/j.eimc.2025.05.008
Gutiérrez D y cols., “Two phages, phiIPLA-RODI and phiIPLA-C1C, lyse mono- and dual-species staphylococcal biofilms”, Applied and Environmental Microbiology, 2015. https://doi.org/10.1128/AEM.03560-14
Schooley RT y cols., Antimicrobial Agents and Chemotherapy, 2017. https://doi.org/10.1128/AAC.00954-17
Chanishvili N, Myelnikov D y Blauvelt TK, “Professor Giorgi Eliava and the Eliava Institute of Bacteriophage”, PHAGE, 2022. https://doi.org/10.1089/phage.2022.0016






Muy interesante. Hubo una novela de Sinclair Lewis, "Arrowsmith" donde se hace una narracion sobre el descubrimiento del fago. Y su utilización en una epidemia de peste en una isla del Caribe, con un dilema ético sobre la aplicación del método científico que exigía un grupo control sin tratamiento.
Genial. Excelente artículo, muy educativo.