Dos cafés y un tobillo roto
la medicina española y la catástrofe de Adamuz
Enero de 2018. Urgencias del Hospital Gregorio Marañón, Madrid.
Llevábamos 10 horas de guardia y aún quedaban 14 más por delante.
Ese hospital es un laberinto. No es mentira: si te pierdes, necesitas GPS. Tres edificios conectados, pasillos que serpentean sin lógica, ascensores que te llevan a dimensiones paralelas donde aparentemente trabajan traumatólogos de otra época.
Y en ese hospital, hay una religión. No se llama Catolicismo ni Budismo.
Se llama:
el Yeso Perfecto.
El libro sagrado
Existe un manual. Un libro físico, real, con páginas amarillentas y fotografías en blanco y negro de los años 70. “Técnicas de inmovilización en traumatología”.
Es la Biblia del Gregorio Marañón.
Los residentes más veteranos te lo enseñan con reverencia. Te explican ángulos, presiones, puntos de apoyo. El grosor exacto del algodón. La tensión precisa de cada vuelta de venda. Dónde debe quedar el borde superior del yeso en una fractura de Colles (3 dedos por debajo del pliegue del codo, exactamente 3 dedos).
No es obsesión. Es artesanía.
Y esa noche, me tocó a mí.
La fractura trimaleolar (o cuando tu tobillo explota)
Entró un señor de 68 años. Había resbalado. Su tobillo parecía tener vida propia, girando en direcciones que la anatomía humana no contempla.
Fractura trimaleolar: los tres huesos principales del tobillo rotos al mismo tiempo.
Después de reducir la fractura (básicamente, recolocar los huesos manualmente mientras el paciente grita y tú sudas), llegó el momento del yeso.
¿Puedo ponerlo yo?
El R5 me miró. Calculó mentalmente cuánto le iba a costar supervisarme versus hacerlo él mismo en 5 minutos.
Vale. Pero como en el libro.
Cada capa de algodón colocada milimétricamente. Cada vuelta de venda de yeso con la tensión exacta. El ángulo del pie a 90 grados perfectos.
Radiografía de control perfecta y mi orgullo inflado como un globo.
El comentario que lo cambió todo
Nos fuimos corriendo a atender el siguiente caso. Fractura de radio. Luego una luxación de hombro. Luego un politraumatismo de tráfico. Qué sé yo.
En algún momento, entre sutura y fractura, le dije a mi compañero residente:
Nos vamos a quedar sin café de la tarde.
Era una tradición. Café de máquina, horrible, amargo y hecho con agua del Manzanares. Pero nuestro.
Esa tarde no había habido café. Ni tiempo para pensar en él.
El ingreso y la mujer invisible
Tres horas después, volvimos a ver al señor del tobillo.
Traíamos el informe de ingreso preparado. Radiografía de control. Paciente contento.
Cuando entramos en el box, había una mujer de unos 40 años de pie junto a él.
Nos tendió dos vasos de cartón.
Escuché que no habían podido tomar café. Están fríos ya, lo siento.
Nos los había comprado ella.
Su padre tenía el tobillo destrozado, acabábamos de torturarle durante 47 minutos (pusimos anestesia, pero con todo, eso duele un montón). Iba a estar días hospitalizado... y ella nos había comprado café.
No dije nada. Mi compañero tampoco. Nos bebimos esos cafés fríos como si fueran champán del bueno.
“Idos al extranjero entonces”
Cada vez que los médicos nos quejamos de las condiciones laborales en España, aparece EL COMENTARIO:
Pues idos al extranjero entonces
Y es cierto. En Alemania cobran el triple. En Reino Unido tienen ratios de enfermería que aquí parecen ciencia ficción. En Noruega un residente de Traumatología trabaja 48 horas semanales, no 80.
Pero nadie te compra café. Nadie viene a pitar con el coche cuando te manifiestas pidiendo condiciones dignas.
Lo que está pasando en Adamuz
Mientras escribo esto, España entera está volcada con la tragedia ferroviaria de Adamuz.
Han muerto 41 personas. Centenares de heridos.
Y la gente está corriendo hacia el desastre. Voluntarios de protección civil que dejaron la cena a medias. Bomberos que volvieron del permiso. Médicos que cancelaron descansos para presentarse en Córdoba.
Nadie les ha obligado. Nadie les paga extra.
Lo hacen porque aquí, cuando la cosa se pone fea, aparecemos.
Es que somos así. Ese mismo reflejo que hace que una hija con el padre con el tobillo roto te compre café, hace que miles de españoles se presenten voluntarios en una tragedia.
Eso existe aquí.
Por qué aguantamos
Mandamases que cuantifican sin haber pisado un hospital. Gestores que nos dicen que “optimicemos recursos” mientras tienen 3 secretarias.
Tertulianos que opinan de sanidad sin saber distinguir un fémur de un húmero.
Aguantamos por la gente que nos trae café.
Por los abuelos que te dicen “hija, tú tranquila” mientras les pones su yeso. Por los voluntarios que aparecen en Adamuz a las 3 de la madrugada sin que nadie les llame.
Por esa España invisible que entiende que nuestro trabajo es cuidarles, y que nos cuida a nosotros.
Ese señor del tobillo trimaleolar nunca sabrá que ese yeso que le puse con tanto mimo se convirtió en mi referencia de lo que significa hacer las cosas bien.
Ni que cada vez que algún iluminado me dice “pues vete a Alemania”, pienso en dos cafés fríos en vasos de cartón.
España no es perfecta. El sistema no funciona. Pero me quedo porque esta gente nos merece.
Porque cuando todo se va a la porra, cuando un tren descarrila, cuando un edificio se inunda, cuando las urgencias colapsan, aquí no huimos. Aparecemos.
Con cafés fríos, con las manos llenas, con lo que tengamos.
Gracias a todos los que estáis ayudando en Adamuz. Gracias a los que seguís confiando en nosotros. Gracias a la hija del señor del tobillo roto, allá donde esté.
Y gracias por estar ahí cuando os necesitamos. Porque al final, resulta que vosotros también nos cuidáis.



Te leo y me leo cuando tenía tu edad, pero sigo igual, se llama vocación, se llama.amor.por tu profesión, se llama humanismo, se llama de.miñ formas que solo gente como tú puede entender.
Y no, no te vayas a ningún lado.
Muchísimas gracias no sólo por su trabajo que es ejemplar, sino también por hacerlo con compasión, alegría y simpatía. Es verdad que somos así. Ojalá dure siempre ese "aparecer" del que hablas. Porque es verdad y por eso, por "aparecer" continuamente, los médicos merecéis esas condiciones laborales que no tenéis. Gracias, de corazón.